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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Españoles al borde de las llamas

Una de las ‘profesiones’ más difíciles del mundo es ser español, porque aquí en España somos muy avezados en diversas áreas: desde la futbolística (ese entrenador que llevamos dentro o ese árbitro que todo lo ve), pasando por la policial (con el pequeño Gabriel elaboramos todo tipo de tesis en base a nuestras pesquisas), hasta llegar a la jurídica, donde destacamos como unos verdaderos avanzados en la materia, tanto que una sentencia elaborada en cinco meses por tres doctos jueces nos la merendamos en ciento y pico caracteres para dar así lustre a nuestra propia sentencia, sin conocer las pruebas, sin haber visto los vídeos, sin haber asistido ni siquiera al juicio. ¿Que a todos nos parece indigna, repugnante y reprobable la conducta de los cinco acusados de Pamplona? Por supuesto. ¿Que somos libres de opinar? Faltaría más. Pero en este país no aprendemos de nuestros errores, no analizamos con sosiego, siendo lo verdaderamente preocupante, más allá de todo esto, que muchos políticos no han demostrado madurez democrática y una mínima prudencia al poner en tela de juicio -nunca mejor dicho- el trabajo de unos jueces.

El problema es que con este comportamiento de nuestros representantes políticos los ciudadanos no percibimos la separación de poderes, como tampoco encontramos a ningún líder con la pausa y la capacidad para decir: señores, nuestro ordenamiento jurídico permite que el caso llegue a tribunales superiores, así que seamos pacientes, la Justicia en España tiene garantías. Pero no, en lugar de ello, algunos han echado gasolina al fuego y han puesto al pie de los caballos a los jueces de Navarra y en consecuencia al sistema judicial, cuyos miembros deben estar en este momento, con toda lógica, subiéndose por las paredes. El presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, así lo ha manifestado (cambiando subirse por las paredes por indignados, claro).

Que el ciudadano opine y se indigne entra dentro de lo normal, pues para eso contamos con la sagrada libertad de expresión. Pero que los políticos se manifiesten tras cada sentencia al calor de un rédito electoral bien parece una manera poco edificante de entender el arte de lo posible. Estos días hemos escuchado a alguno decir: “respeto la decisión judicial, pero como padre no comparto…, etcétera, etcétera”. Perdone usted, su papel es político y su responsabilidad crear leyes y si estas no se adecuan a la sociedad del momento lo primero que debe hacer es callarse y trabajar para revisar la legislación, pero nunca dejar caer sobre un magistrado el peso de la culpa. ¡Resulta alucinante!

En España tenemos que hacer examen de conciencia todos y cada uno de nosotros, y hablo de la responsabilidad como ciudadanos. Debemos exigir, pero al mismo tiempo prestigiar nuestras instituciones, creer en ellas y no coger la parte por el todo y desconfiar de todo hijo de vecino. La desconfianza, además de la envidia, es uno de los grandes pecados capitales de los españoles y desgraciadamente parece que semana tras semana, inflamados por la alarma de la actualidad, deseamos acabar con las instituciones: con el sistema judicial, el político (recordemos los rodeos al Congreso), la monarquía (un desaire de Letizia lo elevamos a desastre ‘real’), la Guardia Civil y la Policía, el periodismo, con el propio Estado entero (en Cataluña), etcétera… No podemos estar siempre al borde de las llamas. En eso los políticos deberían tomar nota… y nosotros también.

 

 

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