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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Libertad de expresión pero para todos

Esta semana la feria ARCO de Madrid ha sido noticia por la censura de una obra con las fotografías de unos individuos a quienes el autor denomina presos políticos. Para qué queremos más. El lío ha sido tan grande que hasta en el New York Times han escrito sobre el asunto, poniendo en cuestión la libertad en España. La torpeza -y el error- de la feria de arte contemporáneo ha sido más que notoria, pues ha servido para dar munición a esos mismos que no se escandalizan cuando el ataque a la libertad de expresión se produce en la orilla contraria. ¿O no nos acordamos cuando Ada Colau quitó un cartel del torero Morante de la Puebla en una fachada en Barcelona y ninguno de los ahora escandalizados dijo ni mu? ¿O cuando arrecieron las críticas al autobús de Hazte oír, que decía que los niños tienen pene y las niñas vulva, por muy controvertido que sea el tema? ¿Entonces no les parecía que se producía un ataque a la libertad de expresión de esa organización?

El código penal ha endurecido demasiado las penas en relación a aquello que desborda la libertad de expresión, ofreciendo cárcel cuando deberían darse fuertes sanciones económicas o trabajos en beneficio de la comunidad, como me decía Ginés Valera en la entrevista que publico en La Voz de Almería este fin de semana. No tiene ni pies ni cabeza que un rapero sea condenado a tres años de cárcel, que un libro esté secuestrado o que a los famosos tirititeros se les mandara al calabozo y se les requisase las marionetas sine die. No es asumible en una democracia donde la libertad de expresión debe ser su principal fundamento.

Ahora bien, sería muy positivo que quienes exigen el respeto a la libertad de expresión lo hiciesen también cuando el objeto de la cuestión sea contrario a sus valores. Si, pero… ¿Hay unos valores mejores que otros? Pues parece que sí. Todo aquello que contravenga el progresismo debe ser llevado a un cuarto oscuro, porque los valores que encarnan los conservadores son trasnochados y retrógrados, según parece. Hemos llegado a tal punto que, por ejemplo, las personas contrarias al aborto se han quedado reducidas a la mínima expresión y cuando osan salir a la calle a manifestarse rápidamente son censurados y ridiculizados. Para ellos la libertad de expresión debe estar bien limitada, porque el derecho a la vida que demandan no puede contravenir nunca el derecho de las mujeres. Ah, cuidado: este debate está enterrado y cualquiera que discrepe del pensamiento reinante debe ser enviado a galeras. No entiendo por qué.

Resulta muy fácil apelar a la falta de libertad de expresión cuando se conculcan tus propios valores y pensamientos, pero ya no lo es tanto cuando nos referimos al contrario. O todos o ninguno. Lo que no vale es utilizar los ataques a la libertad de expresión como arma arrojadiza para que el mundo perciba que España es un país opresor y acaso dictatorial, como le conviene en este caso a los independentistas catalanes. ARCO le ha puesto el toro en suerte y de nuevo el perjudicado ha sido el propio país, nuestra propia democracia. Están construyendo otro capítulo más de su relato victimista mientras juegan con el arma de la libertad de expresión, porque no les queda mucho más. Pero de los que han acallado en Cataluña durante todos estos años no hablan. La libertad de expresión, para mí toda, para los demás: ni agua. Esto es lo que hay.

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