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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Ángel Alonso (OCDE): “El capitalismo deberá ser más humano, social y solidario”

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Responsable de Gestión y Comunicación en la Oficina del Secretario General de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), publicó recientemente un artículo en ‘Política Exterior’ en donde pone en cuestión la globalización como la conocemos. Nos ofrece su visión para abordar los cambios que necesita el planeta ante las desigualdades económicas y sociales. Entrevista el pasado fin de semana en La Voz de Almería.

¿Realmente la globalización está en manos de la élite? ¿No hemos ganado también todos los ciudadanos con un nivel de vida más elevado gracias al llamado low cost?

Francamente no creo que se pueda decir que la globalización esté en manos de nadie. El problema, precisamente, es que la globalización económica va muy por delante de nuestra capacidad de control y gobernabilidad de la misma. Se puede hablar de globalización 4.0 en materia de flujos de financieros y de liberalización de las transacciones comerciales, pero aún estamos en la globalización 1.0 en materia de políticas y de gobernanza. Vamos por detrás, y por eso el enorme potencial de la globalización para mejorar la vida de las personas lo aprovechan más determinados grupos con el poder y los medios para beneficiarse de estas dinámicas que están transformando nuestras economías y sociedades. En algunos aspectos es cierto que las ganancias son extrapolables a segmentos más amplios de la ciudadanía (productos más baratos, acceso a tecnologías que hace unos años eran impensables, etc.) pero en otros tenemos el efecto inverso: precarización, deslocalización, crecimiento de las desigualdades… ¿Somos más felices consumiendo más? Creo que lo importante es tener claro que, en el largo plazo, o ganamos todos con la globalización, o terminaremos con la cohesión social de nuestras sociedades, lo cual es altamente peligroso e hipoteca cualquier viabilidad de futuro. O controlamos la globalización y hacemos que funcione para todos, o terminaremos engullidos por ella.

Los últimos grandes acontecimientos mundiales muestran la crisis de la globalización y simultáneamente el surgimiento de movimientos populistas y nacionalistas. Afirmas que la causa no ha sido la crisis. Por otra parte, lamentas la falta de regulación de los mercados. Pero, ¿eso no choca con la libertad? Hay sectores que están muy regulados, como la banca, que hacen muy difícil a alguien crear un banco, por ejemplo.

 Yo interpreto más la crisis como resultado que como causa. Resultado de unos desequilibrios que son bastante profundos, que vienen de largo y tienen que ver con el propio modelo productivo y de consumo que hemos venido construyendo a lo largo de décadas. Pero no cabe duda de que la enorme crisis que hemos vivido ha acelerado dinámicas que ya estaban gestándose, como el auge del populismo y el retorno del nacionalismo, que erróneamente se creían enterrados cuando se proclamó el fin de la historia. No creo que regular sea coartar la libertad. Nadie cuestiona que en un país tengamos leyes, reglas y reguladores, pero por nuestra concepción limitada y limitadora de la soberanía nos entran anticuerpos cada vez que hablamos de regulación en el plano internacional. ¿Por qué? Regular es simplemente fijar las reglas de juego: 90 minutos, dos tiempos, un árbitro. A partir de ahí, que gane el mejor, y libertad para hacer poesía como el balón si eres un Messi. El problema de la globalización tal y como a veces se entiende, confundiendo libertad con libertinismo o liberalización salvaje, es que no tenemos esas reglas de juego claras en el terreno global. No hay árbitros. Cada uno aplica su propio reglamento. Y esto genera lagunas, disfunciones, competencia desleal, etc. Nos lanzamos detrás del balón sin determinar que este es el terreno de juego, estos los tiempos, esto es falta y esto no lo es. Sí: hay organismos internacionales, estándares, acuerdos… pero como digo van por detrás – son 1.0, mientras la economía, la tecnología y tantos otros flujos y dinámicos van muchos capítulos por delante.

Por supuesto que la regulación tiene que ser ágil e inteligente, y no servir de excusa para cortar las alas a nuestra capacidad de progreso, innovación e inventiva. Y respecto a los bancos, depende de cómo se mire: debe de haber requisitos estrictos para poder crear un banco debido al papel crucial que juegan en nuestras sociedades, mecanismos claros de ratio de capital y apalancamiento claro que garanticen estándares de liquidez y solvencia, etc. Los bancos son fundamentales para la economía, y por eso hay que encontrar el punto adecuado entre negocio/beneficio y servicio financiero a la sociedad y a la economía, porque el coste de que un banco caiga es terrible. La crisis económica comenzó por una crisis financiera, y eso tuvo que ver con una deficiente regulación en su momento – es algo que se ha venido corrigiendo.

Dice Oxfam que ocho personas acumulan tanta riqueza como la mitad de la población mundial. Sin embargo, muchos de los grandes multimillonarios están volcándose en acciones solidarias y muy ambiciosas. ¿Se están convirtiendo en “pequeños Estados”?

 No cabe duda de que la capacidad de acción y cambio de actores no nacionales ha crecido en las últimas décadas, y la labor filantrópica de algunas grandes fundaciones sobrepasa ampliamente la de muchos países en materia de cooperación al desarrollo y combate contra los principales retos globales. Yo no diría que son pequeños estados, porque su naturaleza es muy distinta, pero qué duda cabe de que su capacidad de cambiar las cosas, muchas veces para bien, es bienvenida. Pero no olvidemos que al final, el cómo empleas tu fortuna es una decisión personal, y no podemos dejar que el combate ante los grandes retos globales (cambio climático, pandemias, enfermedades infecciosas, etc.) dependa de la beneficencia o de la iniciativa particular. El sector privado y la filantropía son aliados con un enorme potencial, pero no sustitutos. Y tampoco olvidemos que por cada Bill Gates que destina su fortuna a salvar vidas hay muchos otros que no lo hacen. El principal catalizador de la lucha contra los grandes retos de nuestro tiempo debe seguir siendo la acción pública, construyendo alianza con muchos otros actores. Y por supuesto, debemos seguir combatiendo la desigualdad creciente de nuestras sociedades: el hecho de  que ocho personas acumulen tanta riqueza como la mitad de la población mundial es simplemente inaceptable, e eventual insostenible.

¿En el fondo quien está perdiendo la batalla son los Estados, como garantes últimos de bienestar a los ciudadanos? Apuestas por ceder más soberanía a entidades supranacionales, incluso a una sola a nivel mundial… No parece una tarea fácil.

Como siempre, la respuesta es relativa: sí es cierto que por un lado los estados no pueden satisfacer por sí solos las respuestas a retos que son globales, porque no tienen ni los medios ni la capacidad de controlar dinámicas que no conocen de fronteras. Pero por otra parte, en el plano internacional seguimos anclados en el estado como referente de la toma de decisiones, en parte porque las elecciones nacionales siguen siendo el referente último en términos de representación: yo elijo a mi presidente, que me representa en una cumbre internacional. Incluso en la UE, que es el experimento más interesante y avanzado en términos de gobernanza supranacional, el peso de las grandes decisiones políticas sigue recayendo en el Consejo, y por ende en la iniciativa de las capitales frente a Bruselas. Esto es lo que hay que romper, y buscar mecanismos que vayan generando esa relación directa entre representantes y representados, entre líderes y ciudadanía, en el plano global. Mientras no lo hagamos seguiremos teniendo un déficit democrático que creará anticuerpos entre nuestros ciudadanos hacia mecanismos de gobernanza global que no se consideran representativos, ni transparentes. Sí, creo que para solucionar retos globales hay que ceder soberanía más allá del estado-nación, y hacerlo insuflando una mayor democracia y representatividad directa en el plano global. El orden internacional que tenemos, con algunos ajustes, data de 1945, y sus fundamentos legales y conceptuales son del S. XVII… No se sostienen para un mundo globalizado. Yo creo en la división de poderes, en el contrapeso, en el control ciudadano de las instituciones, en la democracia… Cada vez que se habla de propuestas de gobernanza global rápidamente nos vienen a la mente ideas de leviatanes, de dictaduras planetarias, etc. Si nos hemos organizados para tener gobiernos medianamente funcionales en países de millones de habitantes, o incluso en países como India que superan los 1.300 millones, ¿por qué no con 8.000 millones de habitantes, que será pronto la población mundial? Se trata de tener contrapesos, de localizar competencias en el nivel adecuado y más efectivo de gobierno (desde la comunidad más inmediata al nivel planetario, pasado por ciudades, regiones, países, etc.). Claro que no es una tarea fácil: hay que vencer muchos intereses creados, inercias, sentimientos de identidad y pertenencia. Por eso creo que la educación es tan importante: formar a las nuevas generaciones en los valores del cosmopolitismo y la responsabilidad planetaria, reconocer que podemos tener múltiples identidades y pertenencia, pero que en última instancia somos parte de la misma especie y tenemos que trabajar juntos. Algunos lo llaman idealismo o ilusión, pero yo me niego aceptar que seamos capaces de llegar a la luna, secuenciar el genoma humano o conectar a miles de personas a través de internet y no nos pongamos de acuerdo en cómo organizarnos mejor para preservar el planeta y que todo ser humano pueda aspirar a vivir una vida mejor.

¿El terrorismo islamista también está relacionado con las grietas de la globalización?

Por supuesto. Hay siempre un lado oscuro: terrorismo, ciber-crimen, etc. Yo no lo circunscribiría al terrorismo islamista, porque hay muchos otros tipos de terrorismo que también son epifenómenos, en cierto grado, de grietas abiertas por la globalización. Parte del movimiento supremacista que estamos viendo en Estados Unidos, y que ya se ha manifestado en actos de violencia, es en parte una reacción a dinámicas globales. Pero sí: la globalización a veces tiene un lado oscuro, y los mismos flujos y tecnologías que sirven para conectar a las personas se convierten en autopistas para sembrar el terror. Por eso tenemos que controlar mejor los procesos y asegurarnos que el potencial se pone al servicio del progreso, no de la involución: que los flujos de capital ayudan a crear PYMES y oportunidades donde más se necesita, en vez de financiar el terrorismo, etc.

Las nuevas generaciones tienden a la economía colaborativa. ¿Es una buena señal?

Sí, por supuesto. La economía colaborativa es un buen ejemplo de que pueden existir patrones de producción y consumo diferentes, basados  en el intercambio o la necesidad puntual, y no tanto en una propiedad como tal. Siempre ha habido economía colaborativa, de una u otra forma, pero actualmente asistimos a un boom de la misma facilitado por nuevas plataformas tecnológicas y digitales. A mí la economía colaborativa me parece especialmente prometedora, tanto en términos de recursos (eficiencia y  sostenibilidad) como de cambio de pautas de comportamiento y consumo, lo cual puede ser más revolucionario. Pero también es cierto que hay que tener cuidado y entender el efecto disruptivo de la misma, y asegurarse que no estamos generando nuevas brechas, ni nuevos ganadores y perdedores. Hay sectores y modelos de negocio que tienen que adaptarse a este cambio, y las políticas públicas deben facilitar esa adaptación a una nueva realidad.

Sostienes que estamos demasiado preocupados por el crecimiento del PIB y no tanto por la vida y la experiencia de las personas. Una vez subidos a la rueda del capitalismo, ¿cómo se puede prescindir del crecimiento económico?

No se trata de renegar del crecimiento, pero sí de bajarlo del pedestal, porque muchas veces parece que es lo único que importa, y que con ello se solucionarán todos los problemas. Durante décadas hemos sacralizado el PIB y su crecimiento, y ya lo dijo Robert Kennedy, con frecuencia el PIB mide todo excepto lo que realmente importa para la vida de las personas. El problema es que nos hemos centrado en el crecimiento dejando de lado otras cuestiones importantes, en especial las que tienen que ver con la distribución de esa riqueza. De hecho ya hay estudios que constatan que la inequidad puede ser contraproducente para el propio crecimiento. Se trata de promover un crecimiento incluyente y sostenible, que no atente ni contra la cohesión social ni con el planeta que dejamos a las generaciones futuras. Otro problema es el mantra del llamado “trickle down”: tú crece que, eventualmente, ese crecimiento va a permear a toda la sociedad. Eso es falso, y no hay más que ver las brechas que se están creando en nuestras sociedades. No se trata de poner frenos al crecimiento o a la innovación, pero si nos encontramos ante la disyuntiva crecimiento vs. equidad, es hora de empezar a poner el acento en la segunda, y tomar una perspectiva de largo plazo. El cortoplacismo del crecimiento inmediato y trimestral, al precio que sea y caiga quien caiga, nos llevó a la crisis de 2008, que ha sido brutal. El capitalismo tiene que cambiar y hacerse más humano, social y solidario, o será su peor enemigo en términos de supervivencia como modelo.

La aparición de los “Paradise papers” ¿está sirviendo para que el mundo sea un lugar mejor?

Sí, por supuesto. Los Panama Paper y más recientemente los Paradise Papers sacan a la luz prácticas y dinámicas que lamentablemente han existido por mucho tiempo, y que hay que erradicar. Llamar la atención sobre la ingeniería fiscal que aprovechan los más poderosos contribuye a que se genere conciencia sobre el problema, y lo positivo es que la tolerancia de la opinión pública hacia esas prácticas –que de hecho en muchas ocasiones son legales—decrece. Todo esto está contribuyendo a generar impulso político, y de hecho la OCDE, donde trabajo, ha estado a la vanguardia de favorecer una mayor colaboración internacional en este terreno, que abarca desde la lucha contra los paraísos fiscales al intercambio automático de información entre jurisdicciones, lo cual dificulta que el dinero no declarado se pueda esconder. Con nuestro trabajo sobre erosión de la base fiscal de las empresas estamos también poniendo coto a la no tributación por parte de algunas multinacionales, que aprovechas sus operaciones en diferentes países para rebajar considerablemente sus aportaciones al fisco, precisamente aprovechando vericuetos e instrumentos que hasta la fecha han sido legales. Por suerte, estas prácticas han salido a la luz, y el ciudadano medio que paga religiosamente unos impuestos que sirven para financiar los servicios públicos, no acepta más que los más ricos, sean individuos o empresas, tributen a tipos mucho menores, lo cual no tiene sentido. Pero sí: si este enorme avance político que hemos impulsado en la última década y que ya está dando resultados ha sido posible, en buena parte gracias a la visibilidad que estas cuestiones han recibido con estos episodios.

 

 

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