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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Trafalgar

Trafalgar-Auguste_Mayer-Este-óleo-que-Auguste-Mayer-pintó-en-1836-representa-al-Bucentaure-recibiendo-una-andanada-del-HMS-Sandwich-durante-la-Batalla-de-Trafalgar

(Óleo de Auguste Mayer que representa la batalla de Trafalgar)

Cuando hará unos cuatro años llegué con unos amigos al cabo de Trafalgar para practicar surf en las playas de la zona no pude por menos que imaginarme el temporal de cañonazos que se libró en la batalla naval que España y Francia perdieron frente a Inglaterra. Allí, bajo el imponente faro que vigila a los barcos y surfistas cerré los ojos y recé una oración por los marinos que, en elevadísimo número, perecieron con honor y gloria. Entre las batidas de las olas sobre el acantilado parecía escuchar las voces de Churruca, de Nelson, de Alcalá Galiano, de Gravina e incluso de Villenueve, que fue quien nos metió en el infortunado fregado.

He vuelto a aquel instante leyendo, disfrutando a Pérez Galdós, que escribió una página gloriosa de la Literatura y de la Historia de España, a pesar de que los nuestros fueron derrotados. Pero en la derrota hispano-francesa o en la victoria inglesa -que los británicos hubieron de engrandecer con la plaza más importante de Londres- los heroicos soldados resistieron como leones, incluso en las más espantosas condiciones, malheridos o mutilados por los disparos enemigos o por los mástiles caídos a consecuencia de los cañonazos. El propio Churruca, a bordo del San Juan de Nepomuceno, aguantó estoico la balacera sobre su cabeza mientras infundía ánimos a su tripulación con denodado entusiasmo, incluso cuando fue alcanzado por un disparo de cañón y perdió la pierna y poco a poco la vida. En éstas, el brigadier vasco, temido y admirado por los ingleses, que aún habrían de rendirle honores una vez que llegaron a cubierta y lo encontraron muerto, siguió alentando a los suyos que, contagiados por el valiente marino, continuaron luchando con ardor y fe hasta el último momento.

Trafalgar representaba algo más que una batalla perdida. Fue el principio del fin del imperio naval español, que en el siglo anterior tuvo en Blas de Lezo a su mejor hombre. El guipuzcoano venció a los ingleses en Cartagena de Indias, en uno de los episodios más memorables de la Historia de España, desgraciadamente oculto hasta hace cuatro días. Las disputas y guerras entre españoles e ingleses fueron continuas y, según el historiador Victor San Juan, nos igualamos en victorias, pese a lo que digan los ingleses. No se entiende bien que el hombre manco, cojo y tuerto que evitó que en América Latina se hablase inglés haya caído durante siglos en el olvido.

En la España de 1805, decía, reinaba el melifluo Carlos IV y gobernaba el inefable Manuel Godoy, llamado a sí mismo ‘Príncipe de la paz’. Estábamos en las puertas de la Guerra de la Independencia y el país entero se encontraba desmoralizado. Para aquellos soldados que formaron parte de la contienda y que sobrevivieron no hubo reconocimiento en tierra ni tampoco más gloria que la propia de la batalla, henchidos entonces por el fervor patriótico que les impulsaba a aguantar los envites enemigos. Galdós lo retrataba así en un diálogo entre marinos: “No quiero más batallas en la mar. El Rey paga mal y después, si queda uno cojo o baldado, le dan las buenas noches y si te he visto no me acuerdo. La mayor parte de los comandantes de navío que se han batido el 21 (fecha de la contienda), hace muchos meses que no cobran sus pagas”. Era la España miserable e ingrata que, desafortunadamente, se ha repetido a lo largo de los tiempos.

Sobre los navíos Trinidad, Bahama, Santa Ana, Neptuno, etc., se vivieron asimismo momentos de grandeza y de una profunda humanidad. Los nuestros fueron abordados por los ingleses, quienes en la mayoría de los barcos, socorrieron a los heridos y mostraron gran nobleza. En boca de Gabriel, protagonista de la obra de Galdós, éste se lamenta: “Debe haber hombres muy malos, que son los que aman las guerras para su provecho particular, bien porque son ambiciosos y quieren mandar, bien porque son avaros y anhelan ser ricos. Engañan a los demás, a todos estos infelices que van a pelear; y para que el engaño sea completo, les impulsan a odiar a otras naciones, siembran la discordia, fomentan la envidia, y aquí tienen el resultado. Yo estoy seguro de que esto no puede durar; apuesto a que dentro de poco los hombres de unas y otras islas se han de convencer de que hacen un gran disparate armando tan terribles guerras y llegará un día en que se abrazarán, conviniendo todos en no formar más que una sola familia”. Galdós lo escribía en 1873. Setenta años después sus deseos llegarían a ser realidad, pero Europa hubo de pasar el Rubicón de dos terribles y fatídicas guerras mundiales.

Ahora, más que nunca, es necesario leer estas páginas de nuestra Historia, donde se mezclan el orgullo y la gratitud, y al mismo tiempo la búsqueda de la concordia entre las naciones, alejando las diferencias. Trafalgar constituyó el amargo comienzo del siglo XIX, que terminó peor todavía con la guerra de Cuba y entre medias con un nefasto Rey, Fernando VII, devolviéndonos a épocas medievales. Pero, sin duda, la mejor noticia de aquel siglo fue la Constitución de Cádiz de 1812, apenas a unas cuantas millas al norte de donde se había producido el desastre. Ese fue el inicio de la España moderna, truncado por el peor de los reyes borbónicos. Nuestro país bandeaba de un lado a otro, como los navíos de Trafalgar, muchos de los cuales quedaron sepultados en el fondo de los mares, aunque con el orgullo y la dignidad intactos. El pintor Augusto Ferrer-Dalmau decía recientemente: “Nuestras derrotas son victorias porque hemos sabido sufrir. Todas nuestras derrotas han sido gloriosas porque ha habido un sufrimiento detrás, y eso nos gusta a los españoles. Pero estamos muy acostumbrados a ganar batallas”. No hay mucho más que decir.

One comment on “Trafalgar

  1. Precioso óleo de Auguste Mayer, y maravillosa historia.

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