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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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No tengo la culpa

foto las ventas

No tengo la culpa de aquella primera vez que entré en una plaza de toros y grité ‘ole’ cuando el bisoño novillero dio un muletazo con enjundia. No tengo la culpa de que a esas alturas de mi vida, siendo adolescente, quedara atrapado por una fiesta que me depararía emociones tan intensas como las que viví en Las Ventas, gracias a Joselito o a José Tomás en aquella década de los noventa. No tengo la culpa de que una media verónica de Curro Romero, solo una, formase parte para siempre del archivo inmaterial de mi memoria.

No tengo la culpa de que algunas tardes saliera de la plaza toreando y brindando en los bares por la magia y el sabor de unos naturales mientras veinticinco mil personas estallábamos de entusiasmo. No tengo la culpa de que José Tomás citara de lejos aquel toro y se ciñera con unas chicuelinas que pararon los relojes; o de que Diego Urdiales bajara la mano de aquel modo en la Monumental de México, con mis amigos los cuates ensayando unas rancheras. No tengo la culpa de que Morante de la Puebla hiciera volar las mejores verónicas del mundo, y eso que las vi por televisión, pero no pude evitar gritar varios ‘oles’ en el tendido improvisado de mi casa.

No tengo la culpa de sentir un arte lleno de misterio, de profesar rendida admiración a los maestros Antoñete, Manolo Vázquez, Diego Puerta, a quienes escuché sus historias de otra época cuando vinieron a Aguadulce. No tengo la culpa de vibrar con los toreros que no vi, a través de la lectura de las crónicas y de las fotos en blanco y negro ajadas por el tiempo. No tengo la culpa de aprender de la escuela del toreo valiosas enseñanzas que me guiaron en momentos complicados, ni de quedarme hipnotizado mirando los toros de Cuadri galopando por el campo.

No, no tengo la culpa de sentir la fiesta como un arte imprevisible, efímero pero también eterno. No tengo la culpa de que yo haya sentido todas estas cosas y vuelva a ellas para escribir unas líneas en momentos de zozobra y amenaza. Pero definitivamente no tengo la culpa de nada, porque nada hay de lo que sentirse culpable. Le pego ahora un natural al aire y me imagino en la Maestranza de Sevilla y la plaza crujiendo en mis talones.

Foto: Juan Luis Jaén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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