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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Humor y libertad, libertad, siempre libertad

Nunca antes el humor en España ha estado más en entredicho. Sí, en España, el país que siempre se ha reído de su sombra y que hoy, fatalmente, analiza cualquier desliz tuitero con ánimo inquisitorio para que uno pueda acabar con sus huesos en la cárcel, si es posible. Es la censura, amigos, y la nueva Inquisición, que nos ha traído la desdeñosa oscuridad, el temor a ofender a un colectivo, ultrajado por el humorista que se atrevió a reírse de ellos. En la película ‘El nombre de la rosa’ los monjes benedictinos proclamaban que la risa era algo diabólico, pero Guillermo de Baskerville, con más sentido común, venía a poner un poco de cordura. Pero en esas estamos. Dentro de nada volverán los libros prohibidos y las sandalias en pleno invierno.

A la libertad de expresión se le ha contrapuesto el derecho al honor o a no ser ofendido y parece que éste último está ganando la batalla. Hoy si no tienes derechos eres un mierda. Y a la gente no le gusta ser un mierda. De manera que el terreno se va acotando y el humor, que siempre ha sido una tabla de salvación para alejarnos de la realidad o reinterpretarla, se ve conducido a esa oscuridad de la que hablaba: los cómicos cuentan con dificultades para su repertorio y la gente tiene miedo a reírse de ciertas cosas, no vaya a ofenderse el de al lado, que seguro que es de un colectivo.

El humor es señal de inteligencia y la ironía su arma arrojadiza. Una ironía que no todo el mundo entiende, hasta el punto de que hoy los periodistas se cuidan mucho de emplearla porque algunos pueden entender lo contrario de lo que los primeros desean comunicarles. Es decir, que al final acabamos hablando en lenguaje llano y a tomar por culo la ironía (sin perdón).

Mi teoría es que nunca antes los españoles habíamos leído y escrito tanto, gracias a Internet, y eso nos ha llevado a estar más informados, que es muy diferente de estar mejor informados. En tal caso observaríamos que la libertad de expresión es una condición indispensable del ser humano y de la democracia. Pero hago la derivada del asunto: ¿no querrá el poder político menguar esta libertad de expresión por temor a que descubramos que están desnudos como en el cuento del emperador? Quizá por aquí van parte de los tiros.

Si nos adentramos no solo en el humor, sino en la misma libertad de expresión en relación con la política podemos ver cómo se han rasgado las vestiduras quienes se han ofendido con las drag queen de los carnavales de Tenerife, en una especie de ‘perfomance’ con vírgenes, y en el lado opuesto el autobús de Madrid con los mensajes tránsfobos que han hecho poner el grito en el cielo a más de uno y de una. Con la diferencia de que en la capital han prohibido circular al vehículo: la Inquisición cabalga de nuevo (si bien el Ayuntamiento alega incumplimientos administrativos, el fondo de la cuestión es ese). Y con esto no quiero decir que esté de acuerdo con los mensajes que transmitía el autocar. Todo lo contrario. Esta no es la cuestión, no obstante. Por el otro lado, hace un año y pico tuvimos el episodio de los titiriteros, a los que llevaron al calabozo e incluso requisaron ¡sus marionetas! ¿En qué mundo vivimos?

La democracia española, en fin, es joven e imperfecta, pero uno de sus puntales es la libertad de expresión. En el momento en que se resquebraja, tú, yo y el de la moto estamos jodidos. ¿Que tiene sus límites? Por supuesto. Pero entre límites y libertad de expresión yo prefiero que gane esta última. Dónde va a parar. Guillermo de Baskerville hoy lo tendría crudo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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