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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Derecho al bienestar

El origen de muchos males que anidan en nuestra sociedad no está en los políticos y las corruptelas que han colmado de titulares los periódicos, y sobre los que salpicamos habitualmente el descontento. A veces, miro hacia atrás -lo suficiente- y observo un mundo donde la vida era interpretada con cierta libertad, donde la abundancia de la información no había arrostrado sentimientos de pertenencia y posesión sobre casi todas las cosas; donde el bienestar no significaba un derecho absoluto como sí lo es hoy día, en que el sufrimiento, las cornadas y las caídas son enviadas al exilio del inconsciente.

Nuestros padres y abuelos nos enseñaron la cara amarga de la vida, los sufrimientos sobrevenidos y muchas veces inoportunos, pero sobre los que edificamos el aprendizaje. Era una necesidad, un complemento vitamínico para sortear los contratiempos que irían surgiendo. Siempre los hay. Ahora, sin embargo, el bienestar se ha convertido en un derecho inobjetable y el dolor se pretende extirpar presentando una realidad amputada. Una realidad en la que se suprime no solo el dolor sino también la crítica (que también es dolorosa) en beneficio de un comportamiento adocenado, donde hay numerosas respuestas (o así lo creemos), pero pocas preguntas, porque no hay nada que cuestionar.

No diré que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero ¿por qué hemos de aceptar que la evolución supone desterrar aspectos positivos de etapas anteriores?, ¿por qué tenemos que bajar los brazos frente a las veleidades de la sociedad consumista y cada vez más egoísta que hemos construido?, ¿por qué debemos asentir ante las imposiciones de la colectividad, que ha enterrado el sufrimiento? ¿Cómo no vamos a vivir, de este modo, el periodo de mayor infelicidad de la historia, como apuntan algunos psicólogos?

Quienes piensan que es positivo esconder el dolor y el sufrimiento están haciendo un flaco favor a la esencia del ser humano, cuyo instinto está permanentemente asociado a valores contrapuestos: valor y miedo, placer y dolor, bondad y maldad, vida y muerte, etc. Solo así se puede construir una humanidad digna de ser llamada con tal nombre. Sin embargo, cuando ocultamos la negatividad y, en consecuencia, el otro lado de la moneda estamos haciendo un poco más raquítico y vulnerable al Hombre.

En el terreno práctico encuentras ejemplos de personas capaces de asumir ese sufrimiento, a veces en lamentables condiciones e incluso en contra de la opinión generalizada, que no entiende ese deseo de lidiar los malos tragos o, sencillamente, de jugarse la vida. El otro día una amiga me contaba la historia de su abuelo, que se libró de ser fusilado en la Guerra Civil -se escapó la noche antes de su fatal destino- y aún así tuvo los arrestos y el valor de alistarse años después en la División Azul para combatir en la Segunda Guerra Mundial frente a los rusos. Hoy, esto no se entendería, y lo más seguro es que muchos, refugiados en las cobardes teclas de sus teléfonos, lo mortificarían con miserables insultos.

El derecho al bienestar no entiende, por ejemplo, que los niños deban pasar necesidades o que no cuenten con los últimos dispositivos electrónicos (“mi hijo no va a tener un móvil de última generación, ¡vamos!”). De nuevo rescato las sabias palabras del psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas: “a los niños hay que acostumbrarlos al déficit”. O las de la psicóloga María Jesús Álava, que me decía que “los chavales están sobreprotegidos”. El exdirector del Colegio Arco Iris de Aguadulce, Miguel Ramírez, me comentaba sorprendido en una entrevista en La Voz de Almería cómo “los padres llevaban las mochilas de sus hijos a la escuela”.

No se trata de enviar al personal a un campamento de supervivencia y someterlos a complejas y gravosas gymkanas, pero la vida no está solo alfombrada de flores. También hay minas. Y debemos saberlo. Tenemos la suerte de acceder al mayor caudal de información jamás soñado y eso quizá nos ha hecho filtrarla a nuestro gusto, eliminando aquello que nos molesta. Una persona que me dio clases en un curso de postgrado solía decir que pecamos de “parálisis por el análisis”. En la actualidad, hay tanto por elegir que finalmente nos quedamos paralizados. ¿Y qué ocurre en estas situaciones? Que solemos escoger el camino más cómodo.

Esto no quiere decir que antes no se optara por las opciones más fáciles. Pero había menos donde elegir y la vida no resultaba sencilla. La tecnología aún no había fortalecido nuestro confort. Si tenías que cambiar de canal en la televisión te levantabas del asiento, si querías bajar las ventanillas del coche debías hacerlo con la manivela, si querías hacerte un zumo debías aplicar la fuerza en el exprimidor manual… Son muchos los avances que han mejorado nuestra vida y nos han ahorrado tiempo y esfuerzo y regalado un poco de bienestar. Pero, ¿ese incipiente síntoma del sedentarismo no llevaba asimismo aparejado el convencimiento colectivo de ese derecho al bienestar?

Puede parecer pecata minuta, desde luego, y no seré yo quien combata los progresos que nos hemos dado. Lo que ocurre es que hemos ido inoculando poco a poco un sentimiento inapelable de confort, que ha avivado la idea de los placeres más mundanos y anulado sus valores contrapuestos. Hace unos meses vi un vídeo de un agricultor que mostraba la manera más rápida de acabar con las depresiones y “las tontás”, decía, y exhibía cómo cavaba en su bancal hasta que le salían callos en las manos. Suena a chiste, pero tiene mucha parte de verdad.

La cuestión, en definitiva, es que al cercenar lo negativo o lo incómodo de nuestra existencia estamos negando la libertad del ser humano y su capacidad de elección. Puede que tengamos más opciones que nunca, pero ¿hasta qué punto favorece nuestra propia libertad? Aquí radican, en mi opinión, los grandes problemas de insatisfacción en la forma de vivir que aquejan al mundo occidental. Dicen que crecer implica incomodidad y es una afirmación que suscribo plenamente. Y en eso tiene un papel protagonista la libertad, el que podamos ver la vida de un modo completo, sin que nos hurten el derecho al sufrimiento, en lugar de flotar únicamente sobre el derecho al bienestar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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