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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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El pensamiento único

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La pasada semana, antes de escribir sobre Donald Trump, me lo pensé muy bien, porque sospeché que las hordas del pensamiento único se podría abalanzar sobre mí para denunciar la osadía que había perpetrado al conceder al magnate el beneficio de la duda. Aunque lo cierto es que me daba igual. Finalmente no fue así e incluso hubo quienes me felicitaron: personas que, igual que yo, albergan la idea de que la realidad no está siendo contada con objetividad en los medios de comunicación españoles.

Precisamente, esta otra realidad, la de ciudadanos hartos de que seamos tratados como borregos, está agazapada y eventualmente aparece cuando llegan unas elecciones, donde el voto es secreto, que al final es casi lo único inconfesable que nos queda en esta sociedad transparente en cuanto a las formas. Ejemplos muy interesantes de “no pensamiento único” suelen ser los comentarios de las noticias en los diarios digitales o incluso en los perfiles en redes sociales de líderes de opinión, donde los argumentos de los internautas son elaborados, precisos y combativos. También es interesante comprobar que hay periodistas como Javier Bilbao, que indagan desde la revista Jot Down para ofrecer una valiosa información e interpretación sobre la victoria de Donald Trump.

El problema no es el controvertido presidente yanki o los que vengan detrás en Europa, sino el relato que se está contando, el que nos ha llevado hasta aquí y eliminado el sentido crítico hasta el punto de que ni siquiera te puedes preguntar -qué osadía- por qué los americanos han elegido a un tipo tan peculiar. Ese mismo hombre que prometió levantar un muro en la frontera con México, lo cual ha hecho saltar las alarmas en Europa, un continente que mira hacia otro lado con los refugiados sirios mientras el Mediterráneo se traga cada día a decenas de personas y en nuestras naciones, entre tanto, no se ven manifestaciones de protesta. O en la propia España, con vallas en Ceuta y Melilla para frenar la inmigración ilegal. Habrá que preguntarse: ¿cuántos metros de valla o de muro son aceptables para no ser tachado de racista? ¿dejamos las puertas abiertas y asumimos que nuestro modo de vida inevitablemente cambie? Como diría Josep Plá cuando llegó a Nueva York y vio ese monstruo de ciudad: en tal caso, ¿quién pagaría eso?

El asunto viene de lejos, porque Occidente no ha hecho bien las cosas en lugares como África, donde se ha dedicado a extraer materia prima, olvidándose de los africanos, creando monocultivos, abriendo minas y deforestando bosques, una costumbre que los propios subsaharianos han perpetuado para su propio perjuicio (¿ahora les decimos que no deforesten?, ¡venga, hombre!). Las cosas las hemos hecho rematadamente mal para vivir nosotros increíblemente bien y nos hemos olvidado de los parias del mundo, el gran pecado de los países ricos.

Pero no nos desviemos del asunto (aunque el fondo es si estamos dispuestos, con el corazón en la mano, a vivir peor para que otros mejoren). Trump es partidario del proteccionismo y reacio a cierto enfoque de la globalización que, al parecer, no se puede poner en duda en esta sociedad. Para muchos, los tratados de libre comercio son sagrados e intocables y no hay marcha atrás para estos acuerdos que, por otra parte, quizá están provocando demasiadas desigualdades.  Hay otra realidad -que no se nos cuenta- y que tiene que ver con la pérdida de soberanía de los países, que los incapacita para tomar sus propias decisiones en beneficio de organismos supranacionales como la Unión Europea, que pocos cuestionan. Los ingleses se decidieron por el “Brexit” por esta razón, entre otras cosas, y aquí se puso el grito en el cielo.

Con todo esto quiero decir que podemos seguir instalados en nuestros confortables prejuicios que no arañan ni destripan un ápice la realidad y ponen la alfombra a un pensamiento único que está cercenando la libertad de expresión. Clint Eastwood dice, con razón, que hoy “nos la tenemos que coger con papel de fumar” cuando decimos algo porque siempre habrá alguien que enseguida te enviará a las galeras por ser políticamente incorrecto. Como afirman Javier Benegas y Juan M. Blanco en este artículo, quizá vamos hacia una sociedad adolescente. Y el problema es que estamos acotando el pensamiento y eso al final estalla por algún sitio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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