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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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El hotel de ocasión

torremolinos

Busque usted alojamiento en El Rincón de la Victoria o en Torremolinos, me dijeron por teléfono en un hotel de Málaga, desbordado durante estos días por la afluencia de turistas. Encontré al fin uno en Torremolinos, con esa atmósfera de película de Alfredo Landa en el que las suecas serían suplantadas por inglesas y los niños cazarían Pokémon en las zonas comunes. ¿Este hotel tiene spa?, pregunté al llegar, como un ingenuo acto reflejo que me invade nada más pisar un establecimiento hotelero. El recepcionista, absorto, me observó como diciendo: hombre de Dios, ¿no ha reparado en las cortinas, en los cristales de colores y en definitiva en el tufo a hotel cutre que le estamos ofreciendo por un módico precio junto a lo mejor de cada casa? No, no tenemos, dijo, lacónico, extendiendo la llave de mi habitación. Y eso que aún no ha probado el desayuno, debió añadir para sus adentros.

Antes de marcharme disponía de media hora para ir a la piscina y leer un rato. Los guiris estaban enrojecidos por el sol, naturalmente. En esta zona del hotel había música ambiental y el agua de la piscina era un viscoso líquido no apto para el baño, de modo que opté por relajarme con el libro y zambullirme en las historias de Vila-Matas. Pero una inglesa de mediana edad, que fumaba compulsivamente junto a otras amigas, interrumpió mi lectura. Comenzó a lanzar improperios al que debía ser su novio o marido, que bebía cerveza también compulsivamente, tenía la cabeza medio rapada y un tatuaje élfico recorriendo su columna vertebral. La mujer se levantó, le gritó muy acalorada y acabó llamándole bastardo, y que en Inglaterra ya hablarían y tal. Volvió a la tumbona y siguió con el fumeque, como si la escena resultara habitual, pues sus hijas apenas se inquietaron. Me sumergí de vuelta en la prosa de Vila-Matas y al rato me marché, sorteando las tumbonas de los turistas que habían venido a España en busca de sol, cerveza y alojamientos baratos. A la mañana siguiente, el beicon rancio del desayuno fue lo último que probé del hotel. En el ascensor alguien había vomitado y los cristales de colores que reinaban en el vestíbulo resultaban aún más vivos que la tarde anterior.

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