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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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John Wayne en el jardín

centauros del desierto

Durante el desayuno mi madre, mi hermana y yo hablábamos de “Centauros del desierto”, una película que solíamos ver de vez en cuando y que coincidíamos en clasificar como irrenunciable, porque Ethan, el protagonista, era un tipo duro. Y este tipo, interpretado por John Wayne, guardaba un notable parecido con nuestro padre, que a esas horas de la mañana había desaparecido.

Mi padre se pasaba el tiempo liando cigarros, sorbiendo tragos de coñac y leyendo la sección taurina del periódico. Ya no iba tanto a las corridas, pero seguía devorando la información sobre la fiesta; tal era su identificación con el espectáculo que incluso introducía célebres frases taurinas en sus conversaciones con amigos y familiares. “Qué barbaridad, hay gente pa tó”, “Si no puede ser no puede ser y además es imposible”, “Más cornás da el hambre”, y así. Podía soltar sus sentencias –aunque no eran suyas empezaban a pertenecerle- en los momentos más inesperados, lo que le confería una pátina de respeto entre quienes le escuchaban. También de estupor.

Durante el desayuno mi hermana dijo que no entendía que la pequeña Debbie, en “Centauros del desierto”, fuera capaz de olvidarse de su verdadera familia. Pero tampoco aprobaba que John Wayne tuviera el valor de apuntarle con el fusil tras considerar que su sobrina ya no era de los suyos sino una maldita india comanche, o lo que fuera. ¿No eran igualmente atroces los blancos, procedentes de Inglaterra e Irlanda, que estaban expropiando sus tierras, desplazándolos y exterminándolos sin que nadie pusiera el grito en la llanura?, le dije. Dio un trago al café con leche y John Wayne –mi padre- apareció en ese instante por la puerta.

Tenía un pitillo en la comisura de los labios y la mirada matizada por un brillo diferente.

-He comprado la mascota, hija -dijo.

Mi hermana se levantó, dispuesta a abrazarle, como Debbie a Ethan al inicio de la película. Sin embargo, mi padre la frenó en seco con el brazo.

-No tan rápido señorita. Está en el jardín. Vamos a verlo desde la ventana.

Fuimos al salón y descubrimos en el jardín la gran sorpresa que nos había preparado John Wayne y que difícilmente podíamos acoger con espontaneidad o alegría. Nos quedamos anonadados.

-Papá, es un toro… -dijo Debbie, es decir, mi hermana.

-¿Qué te parece, hija? De quinientos cincuenta kilos, encaste Santa Coloma, de buena reata, listo para padrear.

-Sí, pero… -balbuceó ella.

-¿No queríais un animal en el jardín? Este es un magnífico ejemplar, un bóvido de verdadero trapío, colorao, ojo de perdín, listón y meano.

-O sea, que nos va a poner el jardín perdido de orina… -dijo mi madre.

-Tranquila. Ya he decidido el nombre: Bully, como el restaurante, pero con y griega, por aquello de que en Grecia había toros en la antigüedad. Bueno, esto es muy rebuscado, lo reconozco. No lo provoquéis mucho, que a este le tocas las palmas y se arranca por soleares.

Mi madre, mi hermana y yo nos miramos estupefactos y volvimos a la cocina para terminar de desayunar y meter las cabezas en los boles de cereales. John Wayne siguió apoyado en el quicio de la puerta del salón y diciendo en voz baja: jé, Bully, jé, vamos torito…

Durante un tiempo habíamos estado sin mascota, después de alguna accidentada experiencia, como cuando aquel pato puso perdida la casa de plumas o ese otro perro de aguas, que se abalanzaba sobre las visitas y les llenaba de babas. El pato duró poco; el perro también. Mis padres regalaron a Tío Gilito –no somos muy originales- a los vecinos, que lo asaron un domingo de primavera y el humo de la barbacoa lo veíamos con abatimiento desde casa. Pero jamás hubiésemos sospechado que un toro bramaría por las mañanas en el jardín, se frotaría los cuernos en la valla, y en consecuencia no podríamos salir a un césped convertido en erial. Bully acabó con el pasto: papá traería pronto alfalfa y bellotas. Su pelo se hizo más lustroso y presencia más contumaz. El toro vivía como un rey.

Durante esos días no solo el gigante animal había cambiado la fisonomía del hogar. Mi padre, John Wayne, también había mudado su indumentaria clásica por un atuendo vaquero, incluidas unas botas de cuero y un gorro campero que le daban un aire de ganadero nuevo rico. Pero tenía prestancia y hasta sus andares eran más elegantes.

Mi hermana, sin embargo, no estaba tan radiante. Apenas paraba en casa. Quedaba con el cantamañanas de su novio y se iban al parque por las tardes. Ella lloraba desconsolada.

-¡Quería un perro, un Golden retriever, y fíjate lo que me ha traído!

Su novio se mordía la lengua y rebuscaba en su cráneo palabras de ánimo:

-Piensa que ese toro ya no va a morir en la plaza entre el entusiasmo de miles de personas.

-Sí, ya sé, pero no puedo salir al jardín y cuando miro a Bully desde la ventana siento que va a correr y a dar cornadas. El otro día me asusté porque John Wayne salió con un puñado de bellotas en las manos y se acercó al animal para alimentarlo. A mi madre le iba a dar un síncope. Te puedes imaginar cómo me puse yo. Por suerte, salió airoso y regresó a la casa con el gorro campero en la mano y brindando la faena a la familia.

-Menudo personaje está hecho John Wayne -dijo su novio.

Mi hermana y él llevaban saliendo tres años. Él presumía del dinero de su familia y de los fines de semana “de montería con su papá y unos amigos del Ministerio”. Una vez dijo en un almuerzo en casa: “el pasado domingo cacé un par de cochinos”. Yo respondí, sorprendido: “¿es que cazáis cerdos?”. Creo que en ese momento John Wayne pensó si su hijo, es decir yo, era gilipollas. El novio de mi hermana soltó una sonora carcajada y nunca más volví a interesarme por la caza.

Un día mi cuñado sufrió una radical transformación. Dejó las cacerías y adquirió un inusitado amor por los animales. Disney ha hecho mucho daño, dijo John Wayne. Se compró un hámster, un acuario con peces tropicales y un pequeño perro al que hablaba como si fuera una persona: no hagas esto, no hagas lo otro, y le endiñaba en el almuerzo croquetas de pollo: “una para ti, otra para mí”. Johh Wayne le observaba desde el otro lado de la mesa y creo no equivocarme si digo que por su cabeza solía atravesar un relámpago de ideas que desembocaban en un sintético: si fueras hijo mío te calzaba un “sorpasso” y se te acababan las tonterías. Hijo, alcánzame la sal, terminaba diciéndole.

En estos almuerzos el novio de mi hermana no se atrevía a criticar la fiesta de los toros, pero hablaba hasta el agotamiento de sus mascotas y de lo cariñosas que eran. Quizá fue a raíz de una de estas comidas cuando mi padre decidió comprar a Bully y traerlo a casa, tal vez para desafiar a su yerno a que nos visitara si tenía lo que había que tener.

Nunca había visto a mi padre tan feliz, con su toro bravo de armónicas hechuras, y el yerno lejos, muy lejos de casa. John Wayne había prescindido del novio de su hija sin pegar un mal tiro, sin levantar la voz, y supongo que eso le producía una íntima satisfacción, de la que yo también fui cómplice.

Unas semanas más tarde le dije a mi padre que yo también quería unas botas de cuero y un gorro campero y aprender las maneras y el oficio de un verdadero vaquero. La estirpe de John Wayne no debería perderse, dije. Ahora faltaba que Debbie regresara con los suyos. Era cuestión de tiempo. Mi padre miraba al toro con los labios fruncidos, como los toreros en la plaza en mitad de una faena, y silbaba los acordes de “Centauros del desierto” como si estuviera en el mismísimo Monument Valley. Debbie volverá, dijo, de pie, en el porche de la casa, cuando el crepúsculo apagaba los últimos rayos del día y los ojos de Bully resplandecían en la incipiente oscuridad.

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