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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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De la Quadra-Salcedo

quadra

Admiro a quienes mandan todo a la mierda de vez en cuando. Tengo entendido que cada mañana toman una mágica grajea de cierto medicamento “kelediano” y duermen a pierna suelta. Ni hipoteca ni facturas ni bronca del jefe. Todo se les disuelve en los oídos conforme llega. Tuve una compañera en mi primer trabajo que era así. A los demás nos parecía rara, hasta que nos dimos cuenta que ella podía ser rara pero nosotros éramos gilipollas. Nos entreteníamos durante los almuerzos con minucias laborales que el paso del tiempo -¿una hora? ¿un día?- cicatrizaría sin muchos efectos secundarios. Y es que en aquellos primeros años veinte -quiero decir de mis veinte primaveras- todavía no conocíamos la sedante sensación de pasar un kilo de lo accesorio, que era casi todo, incluida la bronca del Superintendente Vicente (bigote en ristre).

Ahora, cerca ya de los cuarenta, entiendes que tu vida se ha ido poblando de certidumbres, a veces duras e ingratas, y que aquellos primeros conatos de rebelión juvenil se han ido apagando por una cuestión de supervivencia. Pero, con eso y con todo, aún estallan ráfagas que te recuerdan que estás vivo y que no te importaría coger los bártulos y marcharte una temporada al Caribe a pescar como Hemingway o a vivir como Miguel de la Quadra-Salcedo, que nos dejó la semana pasada entre elogios generales y sinceros.

A muchos miles de españoles nos gustó -corrijo: nos encandiló- la vida de este genial deportista, periodista y aventurero que hizo de su existencia un constante desafío. Sin alharacas y sin aspavientos. No daba concesiones ni siquiera a su aspecto, porque lo importante era su determinación y entusiasmo, la fuerza que bullía de un espíritu que no se dejaba domesticar, que iba a su aire, que penetraba en los salvajes bosques sudamericanos y se embarcaba en fantásticos proyectos que cambiarían la vida de tantas personas. Un hombre duro que de pequeño debió caer en una olla de mágicas grajeas. De la Quadra nos enseñó los senderos de la aventura y de la libertad, aunque esto no significaba tomar el primer vuelo a ninguna parte. Un libro bastaba, decía él, para levantar los pies del suelo y vivir otros mundos.

Gracias, maestro, por enseñarnos tantos caminos.

 

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