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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Con suma rapidez

En la vida aprendes que lo que hoy es blanco mañana será negro, igual que antes te decían que no había que abusar del aceite de oliva y en la actualidad fabrican helados y cosméticos con la base de este manjar mediterráneo. Todo cambia, todo es pendular, todo se va al carajo y vuelve, porque todo, en definitiva, tiene una pátina de consumismo y de obsolescencia programada.

La verdad y la mentira, por ejemplo, no dependen tanto de sí mismas como del uso que se les dé. Una mentira de tanto decirla acaba convirtiéndose en verdad, pero igualmente una verdad de tanto decirla se acaba transformando en una mentira descarnada. Vivimos en una época caracterizada por el consumo de los objetos, de las palabras y de la realidad, y no importa demasiado su esencia, pues acabarán devorados por una ansiedad que inhabilitará cualquier atisbo de permanencia.

Decía don Álvaro Domecq, un sabio, que en la vida todo se ha de realizar despacio, como se torea, como se ama y como se besa. Pero en este instante de la Historia hacer las cosas con lentitud supone ir contracorriente, ser el pesado de la cola del cajero del supermercado, el que pide al camarero con parsimonia, o el que habla despacio mientras sus interlocutores apremian para que concluya. Quien no contesta un mensaje del móvil rápidamente es que algo le ha sucedido, o nos quiere mal, o se ha enfadado, o se va a enfadar (ya nos adelantamos nosotros). Porque las palabras y los hechos parece que han de ser inmediatos, de manera que este ritmo galopante no tiene otro efecto más que el descrito con anterioridad: usamos y tiramos, pues en la vuelta de la esquina nos espera la siguiente sugerencia.

Las noticias, la moda y hasta los afectos tienen un barniz de temporalidad y de urgencia relacionado con el consumismo que nos rodea. El sistema está pervertido por un uso que viene empujado por la rapidez, el gran mal de nuestros días. Y lo peor de todo es que nadie sabe a dónde vamos con tantas prisas.

 

 

 

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