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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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España en el abismo

Hemos llegado hasta aquí después de unos cuantos episodios en los que algunos decían: no pasa nada, España no se va a romper, no se alarmen. Hasta que nuestro país, como Perú, se jodió, y hoy podemos observar cómo empiezan a llegar las máquinas de desguace, amenazados ya por la disolución. Cataluña ha tomado la iniciativa. Luego vendrá el País Vasco, Galicia y así hasta que formemos un queso gruyere de identidades supuestamente reparadas, con sus Estados-nación o con lo que pueda caerles en esta lotería política que nos ha tocado vivir.

Desde hace muchos meses tengo la sensación de que habitamos un país entregado a la lotería, a la tómbola, a las emociones fuertes, por lo que parece que hay quien vota a según qué partido “a ver qué pasa”. Y lo que pasa es que esto es muy serio y que nuestro voto puede conducir a la convivencia pacífica o a un pertubador horizonte de división entre los españoles, lo que nos aboca a la ruina económica y también moral.

Puedo entender que multitud de ciudadanos se sientan ultrajados e insultados por los recortes salvajes que han sufrido mientras veían que los políticos eran los únicos que se salvaban de la quema. El grandísimo error del Gobierno de Rajoy, el que ni siquiera mencionan en sus filas, ha sido la falta de empatía con los ciudadanos en unos momentos en los que todos hubiéramos apreciado de buen grado que los políticos también se hubiesen sacrificado. Pero no, sus recortes fueron mínimos, simbólicos. No adelgazaron las administraciones, ni unieron Ayuntamientos y tampoco se cerró el Senado o aligeraron las Diputaciones, cuando tenían una oportunidad histórica para hacerlo.

Este fue el caldo de cultivo para la llegada de nuevas siglas que traían aire fresco, nuevas ideas, aunque algunas de ellas fueran viejas y estrechamente relacionadas con un comunismo demodé, como el de Podemos, que luego en campaña se fue trasmutando en una izquierda caviar. Sin embargo, en esta calculada transformación el partido de Pablo Iglesias no renunció a la posibilidad de que las Comunidades Autónomas lleven a cabo referendum para averiguar si sus ciudadanos desean la independencia, “porque creemos en la democracia, en el derecho a decidir de la gente”, decía el líder madrileño.

Invocar estos inexistentes derechos resulta tan peligroso que ahora vemos los resultados: un país a la deriva atenazado por la urticaria de Cataluña, que inició el inefable Artur Mas, y un panorama nacional cuajado de incógnitas. ¿De verdad sería bueno para España que el PSOE pactara con Podemos y con Esquerra, dos partidos que favorecerían la escisión catalana?, ¿alguien en su sano juicio considera que esta alternativa no nos conduciría directamente al ostracismo, al desastre?

Se impone la cordura y, aunque sea con las narices tapadas, un acuerdo entre los dos grandes partidos, PP y PSOE, junto a Ciudadanos, para que el barco no se vaya a pique ante el fuerte oleaje que golpea su casco. Unos y otros deben hacer un ejercicio de responsabilidad histórico y llegar a un pacto que dé estabilidad y que al mismo tiempo cierre filas frente al independentismo que en unos días anegará las bodegas de la embarcación.

España debe recuperar las riendas de su destino. Necesitamos que nuestros líderes tengan la altura de miras que demostraron Suárez, Carrillo, Fraga y González en la Transición, aun con todos los errores que no debieron cometerse, y afrontar esta situación con valentía, pundonor y visión de Estado. Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, enemigos íntimos, deben olvidar su orgullo, como me dijo una vez un gran empresario: en los negocios debes aparcar tu orgullo y fijarte en el objetivo. En política debe ocurrir igual. Ha llegado el momento de ambos y la Historia será generosa con ellos si toman el camino correcto.

 

 

 

 

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