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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Después de París

Después de los abominables atentados de París, en el mundo occidental tratamos de asimilar que a partir de ahora viviremos angustiados por la tremenda certeza de que un yihadista querrá segarnos la vida en un partido de fútbol, en un teatro o en la calle. Vamos a vivir -si no ponemos remedio- con ese miedo, uno más a los que añadir en la larga lista de los que nos invaden. Aunque este es todavía más inmovilizador. Mientras que, quienes nos amenazan, carecen de miedo (o les importa una higa sus propias vidas) y tienen hambre, en su alocada e inhumana búsqueda de eliminar a los infieles, es decir, a nosotros. Occidente tiene varios problemas: vive con miedo, no está preparado para ello y está instalado en una sociedad capitalista que nos ha dado el progreso, los derechos humanos, los avances científicos y la tecnología pero que al mismo tiempo ha hecho aflorar una humanidad consumista cuyos objetivos vitales pasan por la satisfacción inmediata, el bienestar, el querer tener siempre más que el vecino, lo que arrastra consecuencias que luego explicaré.

El miedo es libre, dicen, pero nosotros lo tenemos desbordado y sin que se antoje un desagüe por donde salir. Esta debe ser nuestra gran batalla, la que debamos librar para que el enemigo no se atreva a tocarnos. No acabaremos con ellos mediante buenas palabras y deseos o hablando de las bondades de la democracia. De lo que hay que hablar es de nuestros valores y lo que debemos hacer es actuar. Sin miedo, llenos del mismo valor que tuvieron nuestros antepasados, que defendieron con ardor aquello en lo que creían.

Muchas personas dicen que esta es una guerra perdida. Mal vamos con esta premisa. Me niego a aceptarlo. Me niego a que los yihadistas paseen tranquilamente con sus armas y explosivos por nuestros países y en cualquier momento puedan asesinarnos. Por supuesto que podemos y debemos acabar con ellos, aunque el coste sea elevado para nuestras libertades y nuestra comodidad. Los controles policiales deberán ser mayores y más exhaustivos a partir de este momento y nuestro principal objetivo tendrá que ser la seguridad. Habrá quienes no estén preparados, quienes renieguen de la pérdida de libertades. Lo siento, pero la prioridad es nuestra vida y los gobernantes tienen ante sí la difícil labor de garantizar nuestra tranquilidad y, no menos importante, destinar todos los esfuerzos para que los inmigrantes que ya están y los que vendrán se integren y asuman como propios los valores occidentales. No entiendo, por ejemplo, cómo se acepta en el Viejo Continente que las mujeres musulmanas vayan en algunos casos completamente tapadas, con lo que supone de agresión moral a la mujer y también una grave amenaza a la seguridad.

Decía que el capitalismo nos lo ha dado todo pero creo que finalmente está pareciéndose al comunismo en cuanto a que ha uniformado nuestras vidas. El querer tener más que el vecino, liquidando otras aspiraciones vitales como la cultura o la trascendencia, nos ha llevado a un escenario en donde nuestras vidas se reducen al consumo y el bienestar sin que haya rastro del sacrificio o las obligaciones. Con tales ingredientes resulta imposible que seamos valientes y podamos encarar las nuevas amenazas que se presentan.

El capitalismo, en su esencia, no nos ha dado más opciones que la de tener, poseer cosas materiales, y los objetivos económicos solo hablan del crecimiento como única manera de seguir adelante en esta carrera hacia no sabemos dónde. ¿Qué vida es ésta en la que las familias solo pueden o quieren tener un hijo, lo que nos aboca a ser una minoría en el futuro? ¿Qué ocurrirá en una democracia en la que se retroceda a tiempos pasados, como describe el polémico Michel Houellebecq en su libro “Sumisión”? No todo el Islam es igual, por supuesto, pero es natural que alberguemos nuestros temores cuando unos locos yihadistas anhelan recuperar Al Andalus e imponen su ley salvaje en cada día más territorios.

Quiero decir que el sistema capitalista, tan beneficioso en muchos aspectos, debería ser objeto de reflexión por nuestra parte. No para acabar con él -miedo verdadero daría la vuelta al comunismo- sino para reformular los planteamientos, para ofrecer más opciones a las personas y lograr que seamos libres, sin las ataduras de las necesidades que no, nos han dado la felicidad. No es una imposición sino todo lo contrario: enseñemos que hay más alternativas e intentemos vivir con la cabeza alta, orgullosos de nuestros valores y dispuestos a defenderlos con arrojo frente a quienes quieren arrebatarnos la vida. Una tarea que exige cambiar planteamientos y mentalidades y asumir sacrificios, tantos que nos hagan a cada uno de nosotros responsables de nuestro destino y defensores acérrimos de nuestra sociedad, siendo valientes hasta decir basta.

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