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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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El Colegio Mayor

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Somos animales sociales, pero unos más que otros. Recuerdo que en mi Colegio Mayor de Madrid algunos novatos eligieron el ostracismo y la marginación en lugar de la asunción de aquellas obligaciones no escritas de las novatadas, que provocaban situaciones más o menos humillantes, pero que al poco tiempo entendías como propias de tu condición de nuevo. Los primeros días eran chocantes aunque te acababas acostumbrando a las idioteces de unos veteranos o a las divertidas ocurrencias de otros. Sin embargo, hubo quienes desde el primer momento decidieron no pasar por el aro y “rescindir” el contrato de las novatadas situándose en una tierra de nadie que el resto de años les condujo a la invisibilidad más absoluta, solo macerada, en parte, por algunos compañeros de promoción caritativos. Se les llamaba siniestros y en ocasiones los más solitarios almorzaban o cenaban en la más triste soledad.

Hoy, pasado el tiempo y ganada la perspectiva, he perdido la perplejidad que me generaba entonces la actitud de esos colegiales reacios a las novatadas. Gracias a ellos y a quienes años después lo denunciaron con mayor ahínco, estas prácticas terminaron erradicándose de muchos Colegios Mayores, si bien el precio pagado fue muy alto. Me cuentan que estos centros se han convertido en asépticas residencias, en las que no se conocen los colegiales y tampoco comparten actividades deportivas, festivas o culturales, como hacíamos nosotros. Lo cierto es que durante los cinco años que estuve en mi Colegio Mayor conocía el nombre y apellidos de los doscientos estudiantes de cada temporada, aunque algunos no merecieran ni cinco minutos de atención. Entre tanta gente había altas posibilidades de encontrar ineptos o malas personas, claro. Pero eso tampoco me importó demasiado. Sin uno quererlo tenía enemigos, gente que jamás había hablado contigo pero que te juzgaba por las apariencias: bastante ridículo.

El Colegio Mayor constituyó una increíble fuente de conocimiento humano, de estudio de caracteres muy diversos, de personas llenas de debilidades y de fortalezas, justo en esa fase languideciente de la adolescencia, que concluye a los veintipocos años. Me llamó la atencion no solo la necesidad de socializarnos a través de las novatadas, como si no existieran otros métodos menos contundentes y primitivos -¡habrá maneras!- sino la búsqueda de enemistades grupales, como la de los tipos del Colegio de al lado. Tanto es así que varios fines de semana se producían peleas entre los colegiales de uno y otro centro por ese estúpido afán de enfrentarse sin razón alguna.

Guardo un recuerdo fantástico de estos años en Madrid, de los amigos, de las aventuras que vivimos, de las fiestas, de los divertidos fines de semana, del aula taurina que dirigí, del deporte, del buen ambiente, pero aquellas novatadas -que yo hice pero sin maldad y siempre con gracia: para mí y para el nuevo- me remuerden la memoria. Casi todos las superamos con éxito pero algunos nunca volvieron a levantar cabeza, bien porque lo eligieron, bien porque después de aquel primer mes de octubre no desearon verse con ciertos veteranos incompetentes. Los siniestros no eran sociables, pero creo que las cosas se pudieron hacer mejor. Ojalá les haya ido bien en la vida, y que me perdonen si no hice lo suficiente para que se integraran más en el Colegio.

 

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