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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Palomares y mi abuelo

fotodepalomares

Palomares es la intrahistoria del franquismo, que daba la bienvenida con mucha parafernalia a unos americanos que, a causa de un accidente de aviación, habían dejado caer varias bombas sobre los bancales y el mar donde pescaban unos cuantos barcos de la zona. Pero al mismo tiempo forma parte de la vida de los españoles de los años sesenta, que pudieron asistir a una hecatombe nuclear, y también de quienes nacimos más adelante y pronto aprendimos conjuntos de palabras como “bomba atómica”.

Mi abuelo fue uno de esos españoles que acudieron a Palomares, enviados para labores de contingencia o algo así. Militar y piloto de aviación, llegó desde Granada, pero lo que siempre me llamó la atención fue, como una suerte del destino, que su segundo apellido era Palomares. Parecía que la vida le tenía reservado este episodio, del que a mí, siendo muy pequeño, me llegaron algunos ecos que interpreté a mi manera.

Me contaba Miguel Ramírez, director del Colegio Arco Iris de Aguadulce, donde estudié la EGB, que una vez, con seis o siete años, le dije: “a mi abuelo le cayó una bomba, creo que atómica, pero no estoy seguro”. Menudo artista estaba hecho. Y es que mi abuelo para mí era capaz de aguantar con estoicidad todas las bombas que le echasen, todos los balazos que le disparasen y cualquier accidente de avión. Eso es lo que le había sucedido en realidad: le pegaron un tiro en la guerra y una vez cayó en picado con uno de esos aeroplanos militares de los años cincuenta. Salió milagrosamente ileso. Sin embargo, varios amigos suyos fallecieron en accidentes aéreos, seguramente por las malas condiciones de los aparatos.

Palomares forma parte de mi imaginario infantil, asociado a las andanzas de mi abuelo, quien me llamaba Napoleón Bonaparte, me hacía rabiar y reír y me parecía el hombre más audaz, valiente y heroico que habría de conocer nunca. Por eso de niño consideré como una posibilidad muy cierta que la bomba atómica le pudiese caer sobre sus pies, de lo que se hubiera repuesto con serenidad, la misma con la que pilotaba aquellos frágiles aviones de posguerra, que a mi abuela le daban pánico: si se retrasaba cinco minutos a la hora de comer ya estaba llamando a la base militar. Cuando entraba por la puerta todo era alegría para la familia, aunque a él le volvía loco surcar el cielo, sentir el viento sobre la cabina y acariciar la libertad de volar, cuando entonces solo estaba al alcance de unos pocos.

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