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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Cataluña en la encrucijada

Artur Mas, leader of the Convergencia i Unio (CIU), celebrates the party's regional election results in Barcelona November 28, 2010. Spain's Catalan nationalists ousted the ruling Socialists in a vote on Sunday in the wealthy northeastern region, reflecting discontent over high unemployment and growing separatism. REUTERS/Albert Gea (SPAIN - Tags: POLITICS ELECTIONS)

Si yo fuera catalán, hoy viernes, último día de campaña de las elecciones autonómicas, estaría tan nervioso que me iría a andar por las Ramblas de Barcelona para despejarme y rogar a la providencia que el seny se hiciese presente a lo largo del domingo en la mayoría de mis paisanos. Pero como no lo soy, no podré caminar -ni rezar- por esas calles pobladas de esteladas y festoneadas de ciudadanos que abrigan la esperanza de que el próximo lunes el sol brillará de una manera diferente en Cataluña: Artur Mas y compañía habrán proclamado, según las encuestas, el golpe de Estado de la independencia.

En los últimos tiempos muchas personas dicen que no les interesa la política e incluso critican a quienes nos gusta opinar de asuntos tan sumamente trascendentales para la convivencia y para la economía española. Es la indolencia del nuevo ciudadano aquejado de una enfermedad llamada desidia. Que Cataluña se independice unilateralmente constituye un catástrofe para todos nosotros. En primer lugar, por las grietas que producirá entre los propios catalanes y entre los catalanes y el resto de españoles. En segundo lugar, la economía se verá muy seriamente dañada, como aventuró Josep Borrell en una magnífica entrevista en El Intermedio. Y los catalanes, que siempre han mirado tanto la pela, deberían observar las consecuencias que podría tener este peligroso proceso.

Luego están los que piden que tratemos con cariño a Cataluña, como si no hubiese sido así hasta ahora. Dicen que el orígen de los males se encuentra en el fallido Estatut, echado para atrás por el Tribunal Constitucional, pero me temo que hay un mar de fondo que viene de lejos: el soniquete de “España nos roba” ha sido tan persistente que muchos se lo han terminado creyendo, cuando todos sabemos que la única razón que impera en esta pantomima que bordea el abismo es la toma del poder al más puro estilo bananero por parte de estos politicastros que los catalanes están sufriendo.

¿Hay que ser generosos con Cataluña? ¿Estarían dispuestos a negociar? Creo que no, porque han roto la baraja y solo aceptan la independencia como animal de compañía. De manera que es una pérdida de tiempo hablar de singularidades, financiación, etc. En todo caso, si se avienen a negociar y si yo fuera presidente del Gobierno central, pondría sobre la mesa la inmediata devolución al Ejecutivo de Madrid de las competencias en materia de educación y sanidad.

Pero no seamos ilusos. Los políticos independentistas catalanes no se conformarán con nada; no hay vuelta atrás. El órdago ha sido tan a las bravas que ahora resulta imposible imaginar un escenario distinto al de la ruptura y el distanciamiento.

Ante este panorama no se vislumbran tanques en la Diagonal barcelonesa, pero el Gobierno no puede permanecer impasible y la oposición tampoco. Se impone la unidad de los partidos demócratas (ninguno de los independentistas están demostrando serlo) ante el golpe de Estado. Aquí no puede haber cálculos electorales de unos y otros de cara a los próximos comicios. O Rajoy y Sánchez se juntan o tendremos un grave problema.

Y quiero ver a la Unión Europea, que por ahora ni está ni se le espera. Ha demostrado, una vez más, la debilidad del continente, diluido en una burocracia arrogante y mortecina, sin un proyecto sólido. ¿Por qué no han formalizado una Declaración en una ciudad cualquiera -Barcelona sería la más indicada- para manifestar que la Unión Europea no aceptará nunca en su seno un país desgajado de otro? Si lo hicieran se apagarían los gritos y demandas de los independentistas catalanes y vascos, así como de otros ciudadanos europeos de parecidas ínfulas que esperan agazapados su turno.

En fin, se nos presentan tiempos tormentosos que requieren políticos avezados y valientes. Aunque todavía nos queda la esperanza de que el domingo un rayo de luz alumbre a un alto porcentaje de los catalanes cuando vayan a depositar su voto. En tal caso todos los españoles respiraremos aliviados tras la aventura del peligroso nacionalista devenido en independentista, Artur Mas, un tipo que debería ser internado en un centro de rehabilitación para curar su manifiesta incapacidad como líder: ni siquiera valdría como presidente de una comunidad de vecinos.

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