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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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La noche en que nos despreciaron a todos

Recuerdo un partido de fútbol de España contra Francia en un Mundial, creo que el de Alemania, en donde antes del encuentro sonaron los himnos y la hinchada española pitó la Marsellesa en una demostración de incultura, zafiedad y falta de respeto propia de acomplejados. Aquello me indignó tanto como lo de la final de Copa del Rey entre Barcelona y Athletic de Bilbao: miles de personas silbando al rey, al himno y, en consecuencia, a todos los españoles. Pitaron, por cierto, los mismos que luego nos acusan al resto de españoles de catalanofobia. Ver para creer.

Hemos pervertido la naturaleza de los símbolos, la esencia de lo más sagrado para un pueblo y algunos se escudan en el anonimato de un campo de fútbol para ultrajar a toda una nación, esa nación que les ha permitido vivir en libertad y democracia, que les ha dado todo lo que han querido y más, y aún así les ha parecido insuficiente. Los catalanes han sufrido el latrocinio constante de la familia Pujol, pero “España nos roba” y así se lo demostraremos –pensarán- en cualquier partido de fútbol en que juegue el Barça o el Athletic y, por supuesto, esté el rey y suene el himno. Artur Mas, el incompetente, ruin y cínico president, sonreirá al lado de Felipe VI alimentando su paleto victimismo.

La pitada fue una ofensa masiva a todos los españoles. Algunos afirman que se trata de libertad de expresión, pero nada dicen de los límites de esta libertad: derecho a la intimidad, derecho a la propia imagen y derecho al honor. Es un ataque a este último y también al de la propia imagen, pues los muy cenutrios pretenden dejarnos a la altura del betún ante el mundo, como si en Cataluña o en el País Vasco vivieran sin libertad y democracia.

El sábado pasado nos despreciaron a todos y cada uno de nosotros, pero algunos indolentes todavía quieren que miremos hacia otro lado; afirman que eso concedería más importancia al oprobio. De eso nada, ya está bien de bajar los brazos y aguantar los desmanes. Igual que se sanciona a los clubes cuando hay violencia en los estadios, en esta ocasión ambos clubes deberían pagar multas muy elevadas o tendrían que cerrarse los campos varias jornadas para que sus presidentes, la próxima vez, se lo piensen y pidan encarecidamente a los aficionados un respeto y un educado silencio. Cosa que no han hecho ahora. Espero que el Gobierno tenga la gallardía que millones de españoles le exigimos en estos momentos de escarnio y afrenta.

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