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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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El picahielos de Walter Freeman

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Walter Freeman se sentó el sillón de su furgoneta, aparcada en los campos de Baltimore en una tarde de lluvia. Encendió un cigarrillo y guardó el picahielos con el que acababa de operar a uno de sus pacientes, esquizofrénico, tal vez paranoico. Era martes, un ineficiente martes, y el chico de la camilla ya no tenía la sonrisa nerviosa y los labios fruncidos, como era costumbre. Walter Freeman había devuelto el silencio a esta familia de tres hijos mediante una lobotomía, práctica de la que era experto y por la que había recibido gloria, honores y montones de dinero. Los hermanos pequeños, Tim y Christopher, regresarían del colegio más tarde, pero no sospechaban nada. Sus padres descansaban en la mecedora del dormitorio y luego salieron al jardín para izar la bandera del país, al igual que lo harían cuando los dos hijos sanos marchasen a la guerra en Europa.

El médico anotó en su bloc algunos detalles de la operación: dificultades, episodios espasmódicos, temblores en las manos. Freeman pensó entonces en su esposa y en la última vez que jugaron al ajedrez en su apartamento de Nueva York. Te prometo que no haré más operaciones, le dijo a su mujer, que no podía imaginar a su marido manejando en círculos el picahielos, cambiando la voluntad de Dios, como decía ella entre sollozos. Walter había llegado muy alto en el mundo de la medicina, había recorrido los Estados Unidos con su furgoneta mudando la suerte de los hogares, devolviendo la paz, pero cada día, después de una de esas terribles operaciones sin anestesia, recordaba aquella velada junto a su mujer un año antes. Y, por supuesto, su promesa incumplida.

Freeman deseaba volver a casa, abrazar a su esposa y decirle que los vientos de Baltimore no le hacían ningún bien. Tampoco los campos de algodón de Georgia ni el desierto tejano ni las llanuras de Utah. Muy pronto dejaría de ser una eminencia, incluso pasaría al olvido y le marginarían, porque llegarían las pastillas y la química orgánica con sus resultados milagrosos. Pero eso le resultaba indiferente. Añoraba los paseos por Central Park junto a su esposa, y su cálida sonrisa. El médico del picahielos, el hombre más solicitado en medio país, arrancó la furgoneta, conectó la radio y huyó de Baltimore con destino a Nueva York bajo un espeso manto de lluvia que cubría el horizonte.

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