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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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José Tomás y Aguascalientes

jose tomas

José Tomás toreaba el mismo día que Mayweather y Pacquiao se zurraban la badana en un combate frente a las cámaras de televisión, con esa premonitoria coletilla que en los últimos años ha adornado algunos encuentros de fútbol: “del siglo”. Sin embargo, aquello no fue para tanto, ni siquiera dará para una conversación de bar dentro un par de años, mientras que la cita del diestro en Aguascalientes constituyó un apoteósico suceso preñado de torería, valor y un incandescente aroma a grandeza que solo algunos espectáculos pueden ofrecer.

El hombre huidizo con la prensa, el espada que quería emular a Manolete en sus inicios, actuó en un festejo con El Zotoluco, un torero desafortunado en España pero con vitola de figura en México. Lo hacía en la misma arena en donde un lustro antes fue perdiendo la vida a chorros por la cornada de “Navegante”, al que un tiempo más tarde el propio Tomás dedicaría un diálogo soñado y literario. Los médicos hidrocálidos –bello gentilicio- salvaron su vida, la pierna y el futuro de su tauromaquia permanentemente asociada a la incertidumbre.

No fui a México, por razones presupuestarias –qué nos gustan los eufemismos-, pero me hubiera gustado ser testigo, junto a los cuates, de uno de esos acontecimientos solo comparables a una final de Copa de Europa entre Real Madrid y Barça (¡este mes de mayo va a echar humo!). Aguascalientes fue esa tarde la ciudad de Berlín y los mexicanos vivieron las semanas previas al festejo como si barruntaran que en la plaza se produciría la volcánica expresión de un arte que haría flotar las emociones y los olés sobre el manto de la Virgen de Guadalupe que iba a proteger al torero.

Aguascalientes fue una fiesta y José Tomás, a quien las cornadas han arrancado su juventud, cortó tres orejas, prolongando aún más la leyenda, que comenzó a fraguar durante un legendario trienio a finales de los noventa (en España hay dos trienios, el liberal, del siglo XIX, y el de José Tomás, del siglo XX, ahí queda eso). Entonces, el diestro de Galapagar toreó con la mayor perfección, pero el fervor de las masas y de los artistas no le llegarían hasta unos años después, cuando levantó levemente el pie del acelerador –en cuanto a la máxima pureza-. Aunque el madrileño seguiría siendo el rey en esta Fiesta cuyos detractores perderían las costuras de sus argumentos si un día fueran a la plaza a verlo, como le sugirió Joaquín Sabina a Risto Mejide. El presentador barcelonés aceptó la invitación; lo que aún no sabe –él y quien quiera imitarlo- es que ese día bastará una serie de naturales de José Tomás para convencerle de que la Fiesta puede ser un espectáculo prodigioso.

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