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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Cadmio

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Una vez leí que el cadmio anida en las cabezas de las gambas y que es un elemento químico  perjudicial para la salud. Uno, que no es hipocondríaco a pesar de la terquedad de las noticias, podría estar encerrado en casa evitando cualquier amenaza e imprevisto, sofocando los temores que nos acechan por tomar un gin tonic con cardamomo o por degustar un asadito argentino en su punto (cuánto te añoro Buenos Aires). Nos han metido el miedo hasta en la sopa, que seguro que también tiene su amenaza y su tormento.

A mí las cabezas de las gambas me parecen unas de las mejores creaciones de este mundo, y su ingesta una experiencia orgánica, como decía la propaganda de un exigente champú. Estos crustáceos y sus testamentas son mejor creación incluso que los abanicos de feria de La Voz, que concitan interminables colas bajo el frescor del solano. Con los pensamientos de estos bellos decápodos, en fin, he cuajado grandes tardes al calor de una cerveza, en un chiringuito o en la loma de un bar de la ciudad.

Cómo sería el mundo sin gambas no me lo imagino. ¿Quién no ha estado en una celebración familiar –al menos antes- en la que no haya aparecido por la puerta de la cocina una legión de gambas, una quinta de cigalas, un ejército de carabineros o una fila de langostinos matemáticamente ordenados y listos para dar lustre al evento? Aquellas primeras comuniones de los dorados años dos mil (nuestros felices años veinte), o esos bautizos con ínfulas de boda, estaban presididos por el boato de unos crustáceos que generaban divertidas situaciones. Como aquella en la que unos paisanos disfrutaban de una celebración de postín fuera de Almería y uno de ellos conminó a los amigos, cuando aterrizaba una jugosa bandeja de gambas y para no perder el tiempo: “¡a los cuerpos, a los cuerpos!”. Eran los años de la bonanza.

Las gambas son una bendición, como lo es fumarse un puro habano después del banquete de una boda o en la plaza de toros mientras torea Morante de la Puebla, aunque tanto el toreo como el habano también están amenazados de extinción. Temo, en fin, el día en que aparezcan en una lista de sustancias dopantes que las personas debamos evitar. Los ciclistas ya no podrán tomarlas a la plancha antes de subir el Tourmalet (como los chuletones con clembuterol de Contador), y nuestros mediodías almerienses de invierno, abrigados en la barra de un bar de todo malo que hay en el exterior, ya no serán los mismos. Entonces, convocaremos a nuestra memoria, que todavía conservará el sabio e indeleble retrogusto de ese manjar que nos dio felicidad, calma y quién sabe si hasta una inmortalidad pasajera.

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