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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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La máquina

 

maquina de escribir

Creo que le debo parte de mi vida a una máquina. Me explico. Tendría yo unos catorce años y un verano por delante en el que se adivinaban múltiples aventuras y diversiones. Pero mis padres decidieron que mi hermano y yo aparcásemos las gaitas preparadas para la celebración de los tres meses de despiporre y reserváramos las mañanas para aprender mecanografía. Eso no sirve para nada, protestamos. Al día siguiente acudimos a primerísima hora para seguir las letras que nos dictaba un panel luminoso. Hasta que se obró el milagro de los panes y las teclas y unas semanas después salimos de allí sabiendo hacer la o con un teclado.

Aquel artilugio que hoy nos parecería puro Pleistoceno me permitió sustituir la escritura a mano por la limpia e inmaculada hoja mecanografiada. Pensé en los cientos de exámenes y consiguientes quebraderos de cabeza que los profesores se hubiesen ahorrado de haber acudido a mi cita con las evaluaciones escolares armado con mi máquina de escribir. Los maestros siempre venían con la misma cantinela de la pésima letra –nunca fueron piadosos en el adjetivo-, a pesar de las escuetas e inabarcables libretas Rubio que me cobraba en vacaciones, pero que no terminaban de surtir el efecto deseado. Me las entregaban casi con las notas de junio. Sin preguntar. El caso es que a mí tampoco me disgustaba tanto mi escritura. Pero a ellos sí. Y ellos eran los que juzgaban.

Luego me hice mayor, que es ese momento en que el tiempo se disuelve en tu cerebro a una velocidad de yeguas desbocadas y te planta en los treinta y tantos sin darte cuenta. Entremedias me tropecé con computadoras –como dicen en Latinoamérica- cuyos procesadores de texto me facilitarían la vida, aparcando aquellas máquinas de escribir que aún hoy habitan las consultas de algunos médicos que conservan las maderas nobles de las paredes y la finísima cristalería amarillenta de las puertas. Confieso que soy de los que creen en el sentido común de estos médicos,  a pesar de que nunca pisaron Ikea. O precisamente por eso.

Y aquí estoy, año dos mil quince, delante de un ordenador estupendo, sembrando con paciencia este puñado de párrafos y con la certeza de que mi relación con un teclado, gracias a aquel artefacto de los ochenta, me ha proporcionado grandes satisfacciones. Gracias a la persistencia y claridad de ideas de mis progenitores hoy disfruto escribiendo sin la necesidad de recordar aquellas letanías de unos profesores que me mortificaban recordándome la mala escritura que gastaba. Aunque en el fondo sigo pensando que mi estridente letra tenía, y tiene, un toque artístico que nunca será reconocido. O sí, quién sabe.

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