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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Fargo

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A veces creo que vivimos en Fargo. Solo nos falta la nieve, las palas, los ridículos gorros de orejeras; hasta el malvado asesino. Caminas con las manos en los bolsillos del abrigo, el viento te muerde la cara y evitas el lado más umbrío de las calles. No sientes los últimos dedos de los pies, que se jubilan durante el invierno. Este rincón del mundo se llama Almería pero bien podría ser Minessota con esos policías con cara de estúpidos sosteniendo un café humeante y esperando en la cama, por la noche, la llamada por un nuevo crimen. Oh, cielos, enseguida voy, dice el sheriff quitándose las legañas en su inglés somnoliento mientras la mujer pregunta qué hora es, adónde vas, honey, como si fuera la primera vez.

Aquí, en este Fargo árido y periférico, las casas están hechas para que vivas en los bares. Una cerveza corrige cualquier mala borrasca que pueda posarse sobre la ciudad. En Lima al cielo lo llaman panza de burra por su tono grisáceo durante la mayor parte del año. En Almería no tenemos ese problema, porque el sol se sienta en las azoteas a primera hora, para el desayuno. Sin embargo, debajo de las terrazas se adivinan guantes y bufandas antes de salir a la calle a desafiar al viento del Atlántico que se cuela por los portales.

Nuestro invierno es suave, como la noche de Scott Fitzgerald, pero en las faldas de la Sierra de Gádor y Sierra Alhamilla he sufrido más que en un lejano viaje a Zaragoza, cuando al bajar del autobús, en la plaza del Pilar, por poco se me congelaron algunas ideas. Puede que exagere con todo esto. Tal vez. Lo cierto es que no estamos preparados. En el ascensor, cuando coincides con el vecino, uno y otro decimos que las casas no están acondicionadas. Es por la humedad, apuntamos. Así un año tras otro. En verano tampoco estamos listos para el calor. Es por la humedad, insistimos, aferrados a una sombrilla anaranjada y playera.

De acuerdo, Almería no es Fargo, lo admito, debo ser yo, pero aquí hay restaurantes en cuyos comedores parece haberse instalado un iceberg del Ártico. Lo tenía que decir. Ya está. Ahora bien, que nadie me diga que en esta tierra, el frío no se te mete en los huesos, como cuando ves la película de los hermanos Coen o la serie interpretada por el gran Billy Bob Thorton. Es el frío, el frío más hostil y perturbador que comienza en diciembre y se diluye a principios de marzo, el frío que te invade hasta las entrañas y perdura en las fibras de tu cuerpo durante semanas. Pero seamos optimistas: pronto llegará la primavera, la Semana Santa y las playas cuajadas de bañistas hambrientos de sol. Para entonces Fargo ya sólo quedará en nuestra memoria.

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