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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Los fugitivos

pueblo

Sabed que mañana la luz se tornará tiniebla, porque algo extraño y maligno aparecerá en las almas de vuestros maridos. Julia Ramírez pronunció estas palabras en el salón de peluquería de la plaza del pueblo. Había soñado que esa noche los hombres se volverían locos y encerrarían a las mujeres hasta que éstas confesaran la verdad de la paternidad de sus hijos. La inquietud se apoderó del ambiente, pues los sueños de la bruja prendían pronto en los ánimos de la gente. Muchas clientas se asustaron y regresaron a sus casas.

Al día siguiente, la profecía de Julia Ramírez se había difundido por las calles, incluso entre los corrillos de los hombres, pero no hubo algaradas entre los dos sexos, ni confesiones, ni nada de nada. Era un día normal, salvo por el hecho inaudito de que habían desaparecido un grupo de mujeres. Alguien las llamó “las fugitivas”, y con ese nombre se quedaron. Desde aquella jornada sus maridos quedaron señalados, y de ahí en adelante fueron estos hombres quienes acudían con frecuencia y por separado a la puerta de Julia Ramírez para escuchar con atención su último sueño.

Buscaban a los culpables de su oprobio. Pero la bruja no tuvo sueños reveladores durante meses, hasta que un día, al fin, despertó con jugosas noticias y llamó, uno a uno, a los desventurados varones. Les dijo que, en la próxima luna llena, las otras mujeres que quedaban en el pueblo iban a destapar la identidad de cada uno de los padres de los niños de “las fugitivas”. Al conocer la profecía, muchos hombres del pueblo huyeron despavoridos hacia algún lugar lejano del mundo y no se volvió a saber nunca jamás nada de ellos. Alguien les llamó “los fugitivos”. Y con este nombre se quedaron.

El aspecto del pueblo cambió en los días siguientes, a causa de la despoblación provocada por la fuga general. Los hijos huérfanos de los padres y madres adúlteros crecieron, pero sobre ellos pesaba la incertidumbre de quiénes serían sus hermanos. En el colegio, el juego del recreo ya no era la rayuela ni el puño vaina sino la búsqueda de parecidos razonables.

Julia Ramírez murió unos años después, víctima de un ataque de cordura. Las clientas del salón de peluquería lloraron por su muerte, pues temían que la vida del pueblo ya no sería la misma. Y el día del funeral, los niños huérfanos, ya adolescentes, contemplaron juntos la misa desde el otro lado de la calle. Observaban el ataúd con desconfianza y alivio. Se acabaron los malditos sueños, murmuraron, mientras se besaban las mejillas con amor limpio y fraternal.

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