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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Cuando salí de Cuba

cuba

Ahora que está ocurriendo lo de Cuba, recuerdo mi viaje a la isla hace unos años. Decidí volar casi de una semana para otra. Me hospedaría en la casa de una mujer en La Habana, por recomendación de un amigo, quien intentó contactar con ella, pero sin éxito a causa de las pésimas comunicaciones del país.

Llegué a la ciudad caribeña un domingo por la noche, sin lugar en el que alojarme. Solo tenía la dirección de la mujer, anotada en un papel, y el taxista y yo tratamos de encontrar la casa sorteando los hoyos de las calles entre la sordidez de un ambiente que a mí, sin embargo, me atrapaba. Soy así de raro. ¿Es usted Dunia?, pregunté al fin a una señora. Sí, mi hijo, ¿qué deseas? Le conté la película y enseguida me abrió las puertas de su casa como si nos conociéramos de toda la vida. Tendría unos setenta años y una mirada astuta y noble. Al mostrarme la cama en la que dormiría, vi que tenía varios muelles despistados. Dijo: “duerme en este lado, que es el más sabroso”. Grande, Dunia.

Su sobrino y unos amigos me guiaron por La Habana, en donde viví episodios divertidos y surrealistas. Los cubanos me cayeron estupendamente y me sorprendió su simpatía a pesar de la total falta de libertad auspiciada por el régimen castrista.

En aquella semana coincidió un Barça-Real Madrid, que vi de forma clandestina en una casa con parabólica, aparato prohibido por el régimen, al igual que Internet (sólo había acceso en las oficinas de Correos, y las contraseñas de los email se las daban allí a los cubanos). La dueña de la casa me dijo que no podía celebrar los goles, ya que vivía junto a la residencia del Comité de Defensa de la Revolución (CDR). El Madrid marcó tres tantos, no digo más. Lo llamativo fue que al terminar el encuentro salimos a la calle y se formaron multitud de corrillos para comentarlo.  Lo había visto todo el mundo… de manera ilegal, claro.

Llegó la última noche y cuando estaba fumando un puro en el porche de la casa sonó una campana de la vivienda del CDR. Dunia me dijo si quería ir a la reunión. ¡Por supuesto! Allí estaban un grupo de mujeres organizando una fiesta o algo así. La dueña del imponente chalet me presentó a las invitadas, de tal guisa: “amigas, ha venido desde España ¡¡un activista!!” Me iba a dar, claro, un ataque de risa, que hube de reprimir con diplomacia. Aún hoy me lamento de no haber gritado ¡Viva la revolución!, lo que hubiese dado mucho más realismo a la escena y me hubiera recordado la genial “Bananas” de Woody Allen, cuando el dictadorzuelo profiere a las masas: “a partir de ahora en esta isla ¡se va a hablar sueco!”.

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