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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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1986

aviones guerra

Mil novecientos ochenta y seis. La selección española de fútbol regresaba a casa tras perder con los belgas. Fue nuestra primera derrota. Aquel verano fue también el último de la vida de mi abuelo Sebastián, aviador, militar, padre de nueve hijos; yo tenía diez años, pero aún hoy retengo en mi mente los acordes de una voz que había enseñado a volar a decenas de pilotos. Les hacía barrabasadas. Pero aprendieron. Y jamás le olvidaron.

Nunca hasta hoy había querido relacionar los dos hechos en el mismo año, el Mundial de México y la muerte de mi abuelo. La memoria es selectiva y exquisita. El Buitre marcó cinco goles a Dinamarca. Teníamos que ganar el campeonato. Lo soñábamos antes de cada partido que retransmitía el melifluo José Ángel de la Casa.

Nuestra tía monja venía a pasar unos días con mi abuelo, que afrontaba los días con notoria melancolía. Un chico de Iowa llamado Gary apareció para aprender español. Le llevamos al Mini Hollywood y a la Alpujarra. Se moría de miedo en las curvas que subían a Capileira, él que venía de las llanuras de los Sioux. Mi tía monja, con su hábito de color oscuro, rezaba el rosario todas las tardes, religiosamente. El americano no acababa de entender la Vieja Europa.

El canturreo metálico de las cigarras azotaba a la hora de la siesta. Alargábamos las noches jugando al fútbol en la plazoleta hasta la madrugada. Partidos de sesenta goles. A mí me elegían el último a la hora de hacer equipos. Eso no se supera nunca, maldita sea. Al menos era un jugador simpático, como McMananam.

Llegamos a cuartos de final. Señor nos metió en los penalties y Eloy nos sacó en el siguiente acto. El delantero debió sentirse peor que yo cuando empezábamos nuestras pachangas. Creo que desde aquello no remontó el vuelo. Yo tampoco (en el mundo del fútbol, quiero decir). Y España volvió a la rutina. La historia de nuestra vida, decían los mayores, resignados y abatidos.

Alguna noche íbamos a tomar un helado y a jugar al futbolín. En la tele ponían la serie V y repetían una vez más las andanzas de Chanquete, Julia y los niños en las playas de Nerja. El verano tenía el color anaranjado de las farolas de la plazoleta y el olor a pizza de los restaurantes de la playa.

Mi abuelo me hacía rabiar, pero yo siempre regresaba para buscarle las cosquillas. Recuerdo que me llamaba Napoleón Bonaparte y que nos contaba historias de viejos aviones que no sé cómo podían soportar el peso de los años. Era un hombre formidable que se marchó una tarde lluviosa y grisácea de octubre. Aquel día empecé a entender un poco mejor en qué consistía la vida, mientras trataba de disimular las lágrimas en la iglesia.

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