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Alberto Gutiérrez Delgado

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Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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El pequeño Nicolás

nicolas

España alumbra de vez en cuando golfos que nos hacen gracia. En los ochenta salió el Dioni, que mangó una furgoneta rebosante de billetes de diez mil pesetas y se fugó a Brasil para bailar lambadas con las mejores mulatas de Copacabana. Hasta Joaquín Sabina lo elevó a ídolo urbano con una canción que el simpático malhechor escucharía más tarde entre rejas mientras recordaba las largas noches con piña colada bajo el Cristo Redentor de Río. Ahora, un niño de veinte años, el pequeño Nicolás, ha sorprendido a España entera usurpando identidades, estafando a ricachones y yendo por la vida escoltado y con uno de esos coches que alquilaba para llegar a la universidad presumiendo de pedigrí. Un artista.

El niño nos ha dejado ojipláticos, pues con esa cara de pardillo ha engañado a quienes deben ser los más listos del país, si nos atenemos a sus puestos políticos y nivel adquisitivo. Lo que demuestra que la palabrería tiene mucho fundamento para avanzar en la sociedad. Antes y ahora.

El problema es que en esta bendita nación (la más fuerte del mundo por su afán continuo por autodestruirse y seguir en pie, según decía Otto Von Bismarck) no existe un control riguroso de casi nada. De ahí que cuajen, por ejemplo, chorizos como Genaro García, de Gowex, quien engañó al mercado bursátil secundario con unas cuentas no cotejadas. Hoy cualquiera dice que su empresa vende en noventa países y nadie le pide que lo demuestre. Se convierte en el rey del mambo. Por no hablar de las start-up que en los últimos años fluyeron y fueron subvencionadas en virtud de planes de negocio verdaderamente increíbles (porque eran difíciles de creer, efectivamente).

En España cualquiera puede llegar a ser como Nicolás –ahora ha aparecido su amiga, La Pechotes, que ha sumado glamour al culebrón-, si derrocha un poco de imaginación y ordena las palabras para urdir desfalcos. Con este pequeño saltamontes hemos visto la capacidad que uno puede tener para escalar a lo más alto de la cima sin que absolutamente nadie te pida cuentas. Entraba y salía de determinados círculos como Pedro por su casa y aún no sabemos ni la mitad de lo que pudo llegar a orquestar en connivencia con unos y otros. Lo preocupante no es ya la estafa continuada del personaje sino la falta total de instrumentos de control que existen en nuestro país. Si aquí se controlara y hubiese verdadera transparencia empezaríamos a ser un país serio. Entretanto, seguimos distraídos con las andanzas del último Lazarillo de Tormes, auxiliado por su amiga La Pechotes.

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