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Alberto Gutiérrez Delgado

Alberto Gutiérrez Delgado

Periodista, emprendedor, viajero, lector. Las cosas no hay que decirlas sino hacerlas. Este es mi lema. Vivimos el mejor momento de la Historia. Debemos aprovecharlo.

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Apocalipsis

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Había perdido pelo y sus pasos eran tan lentos como su forma de hablar. Su vida estaba arruinada, me dijo. Pero ahora había empezado a trabajar, después de tantos años.

Lo recuerdo vagamente, en el ascensor del edificio de casa, con esa sonrisa tonta que le delataba. Ajá, respondía entonces cada vez que le preguntabas por la familia, por su hermana, por su perro labrador. Y agachaba la cabeza como si nadie pudiera perturbar su tranquila existencia. Sus padres le enviaron al extranjero con dieciséis años, todavía nadie sabe por qué. Algunos pensaban que se había marchado para siempre y que era lo mejor para que los jesuitas de aquel colegio inglés lo recondujeran hacia el camino de la fe. Pero el camino se torció. Abrazó otras causas que terminarían por consagrarlo como un ser estúpido, pero con cierta bondad.

He encontrado otra forma de ganarme la vida, afirmó entre los dientes ennegrecidos por los años. No le pregunté qué significaba eso. No me interesaba. Sin embargo, percibí en sus gestos la nostalgia de la infancia, los días perdidos en la pista de fútbol del colegio, las miradas al horizonte en busca de nada. De niño solía quedarse quieto, con el sol aplastando su cabeza y el viento escrutando su poblada melena. A la escena sólo le faltaba la cabalgata de las Valquirias para ser Apocalipsis Now.

Nos cruzamos en la calle, a cinco manzanas de nuestra antigua casa. Hablamos tres minutos. Calculé que en ese tiempo iba a sintetizar lo que había sido su vida desde que se marchó hasta hoy. Lo hizo. Me hablaba como si nos hubiéramos visto ayer, a pesar de la historia que me contaba. Supuse que si me lo volvía a encontrar al día siguiente me contaría exactamente lo mismo. Te repites, amigo, le diría. Pero yo no soy descortés. Le prestaría atención. Aunque solo fuera por aquel prodigioso instante en el que miraba al horizonte, mientras las niñas de clase cantaban livianas canciones de niñas y nosotros golpeábamos con inocencia el balón. Entonces, estoy seguro, atravesaba por su cabeza el violento rugido de los helicópteros sobrevolando la jungla vietnamita nevada de napalm con aquella música de Wagner impregnándolo todo.

Alberto Gutiérrez Delgado

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